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“Da igual lo profesional que seas, nadie conoce el dolor de un refugiado si no lo ha vivido”

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Hablamos con Ahmed Abuzubaida, un refugiado palestino y miembro del Comité Ejecutivo de la organización más grande que trabaja con refugiados en España, CEAR.

Texto Ayham Al Sati – Video Mohammad Shubat

Este artículo es el segundo de la serie de casos de éxito de personas refugiadas y migrantes en España, que presenta Baynana a sus seguidores, para estar más cerca de ellos y contarlo en la lengua de los propios inmigrantes y refugiados.

Ahmed Abuzubaida, un joven de origen palestino con nacionalidad española. Nacido en la Franja de Gaza. Residente en España desde 2009, tras vivir una vida de asilo y sufrir el desplazamiento en su país y en otros países y acabar trabajando con refugiados como trabajador social en la Comisión Española de Ayuda al Refugiado (CEAR), en España.

“No importa cuán profesional y distinguido seas, nunca sabrás lo que piensa un refugiado o sus prioridades. Nadie conoce el dolor de un refugiado si no lo ha vivido en primera persona», dice Ahmed Abuzubaida, trabajador social de CEAR en la oficina de Madrid y miembro del Comité Ejecutivo de esta organización. Ha vivido el asilo y el desplazamiento desde su infancia. Estudió en las escuelas de la UNRWA en los campamentos de la Franja de Gaza hasta los dieciocho años. Allí nacieron sus padres, tras el desplazamiento forzado de sus abuelos.

 

Ahmed vivía con su abuelo, a quien describe como el primer refugiado de la familia cuando salió de su pueblo en Jaffa hacia Gaza. Siempre le hablaba del árbol del naranjo, de las uvas y de la puerta de su casa. Lo podía dibujar en su cabeza, como si pudiera experimentarlo con todos sus sentidos: «Mi abuelo y mi abuela siempre me contaban cómo vinieron de Jaffa. Ella era de Lod, la ciudad, y él era del campo. Se conocieron y acabaron casándose.”

Los momentos felices que vivió con sus abuelos, mientras sus padres trabajaban para ganarse la vida, estuvieron marcados por la intimidación y la violencia de los soldados israelíes cuando iba a la escuela todas las mañanas y durante las manifestaciones en las que participó en su infancia. Ahmed recuerda haber visto el asesinato de cuatro niños cerca de él en una de las manifestaciones: “Así eran nuestros días en el campamento, este era nuestro juego de niños”.

Otras guerras, activismo juvenil y luego migración

Después de cumplir los dieciocho años, Ahmed experimentó otra guerra en otro país. Sonríe diciendo: «Este cabello no se volvió blanco de la nada». Recibió una beca en Irak para estudiar fisioterapia. Después de tres años, cuando estaba a punto de graduarse, comenzó la invasión estadounidense de Irak en 2003. «La experiencia de la guerra fue dura en Bagdad. Después, tuve que regresar a Gaza sin completar mis estudios, y perdí años enteros de formación, porque la beca me la había otorgado el anterior régimen», añade.

Tras regresar a Gaza, tuvo que empezar de cero. Volvió a estudiar y retomó su trabajo en actividades sociales y juveniles como coordinador en la Unión de la Juventud Progresista Palestina entre 2004 y 2008. Dedicó gran parte de su trabajo a la lucha por los derechos humanos y la reivindicación de los derechos de las mujeres en Palestina.

Después de terminar sus estudios universitarios en Gaza, decidió viajar a Europa. Llegó a España en 2009 tras verse obligado a permanecer un año en Siria. Ahmed consiguió trabajo en Italia, pero para salir de la Franja de Gaza tuvo que pasar por Egipto. El viaje desde Palestina fue muy difícil y durante el trayecto la visa italiana expiró. No tenían más remedio que regresar a Gaza o ir a Siria, el único país que aceptaba a Ahmed por ser palestino. En Siria se ve obligado a permanecer durante todo un año. Luego, a través de una amiga española que colaboraba con él en sus actividades, logra irse a España.

Ahmed levanta la voz y dice con confianza: «La llegada a España fue un punto de inflexión de la mala suerte a la buena, antes de las guerras y el estudio interminable, y la sociedad contra ti y tus ideas». El joven en España encontró su propósito. En siete meses, consiguió dominar el idioma y fue a su primera entrevista de trabajo en un centro de refugiados afiliado a CEAR. Durante esta entrevista, cuando la empleada se enteró de que hablaba español con fluidez y solo llevaba en España 7 meses, decidió aceptarlo para trabajar como vigilante nocturno y un mes después como recepcionista.

El trabajo con refugiados

«A pesar de mi gran experiencia en trabajo social durante mi trabajo en Gaza, era imposible trabajar con refugiados sin un título universitario en la especialidad. Así que estudié Trabajo Social. Y trabajé con CEAR como trabajador social y asesor legal», explica Ahmed, quien es considerado el primer miembro no hispano de la Asamblea General, en la que ejerce como portavoz de los refugiados al ser uno de los miembros del Comité Ejecutivo de la ONG. Que un refugiado trabaje con refugiados es, para Ahmed, su causa en la organización.

Ahmed Abuzubaida, trabajador social de CEAR. Imagen y producción Mohammad Shubat.

En la conversación se menciona el sistema de acogida en España y en su rostro se nota el cansancio de haber recibido demasiadas visitas de refugiados y solicitantes de asilo ese mismo día: «Está muy mal en todos los países de la UE y peor aún en España. Ahora estamos viviendo una situación catastrófica. No hay lugares para recibir refugiados, y el problema se ha multiplicado con el aumento de llegadas desde Ucrania. Es muy difícil conseguir cita para pedir asilo. Se tarda ocho o nueve meses para que te den una cita, y después tienes que ir a la Cruz Roja a pedir la entrada a los centros de asilo. Ahí te quedas un mes y puede que no te reciban”.

Después de beber un poco de agua, continúa: “Una de las condiciones para solicitar asilo es que lo pidas antes de que pase un mes desde tu llegada a España. Y no dan la cita hasta meses después. Lo que pasa es que la mayoría de los refugiados no entran en el programa de ayudas del gobierno porque esta condición no se cumple”.

En 2019, España recibió más de 190.000 solicitudes de asilo y solo hay 10.000 espacios de acogida. El resto son convertidos en inmigrantes indocumentados y explotados como mano de obra barata, según Ahmed. Si bien el sistema de acogida de asilo en España es de 18 meses, él critica que “es un periodo insuficiente para la integración y solo los afortunados que superan los obstáculos que he mencionado lo alcanzan. Son un porcentaje muy pequeño, porque muchas veces el asunto termina con la denegación de la solicitud de asilo y quedan excluidos del programa». Y continúa: «La mayoría de los que vienen a España desde Latinoamérica vienen del aeropuerto con visado, y quieren pedir asilo, pero no les abren el camino. A los 3 meses se les caduca el visado, y en este caso están sujetos a arresto en cualquier momento por no tener los papeles legales y vivir ilegalmente, y hay cientos de casos que viven en las calles por eso”.

Actividades sociales y culturales en España

Ahmed trabajó como vicepresidente de la asociación Hispano-Palestina entre 2012 y 2017. En ella, compartió sus experiencias en la enseñanza del árabe a la segunda y tercera generación de palestinos, introduciéndoles la cultura y la identidad palestinas. Allí conoció a su mujer, una hispano-palestina, y tuvieron a su hija Sara. Cuando habla de ellas se relaja y los signos de fatiga desaparecen de su rostro: “El trabajo en la asociación fue muy lindo, a través de reuniones con los miembros de la comunidad fuimos aprendiendo juntos, ya sea en el campo del idioma o introduciendo la cultura palestina, y lo más importante, encontré allí a mi compañera de vida”.

El joven palestino lleva casi 13 años en España. Es feliz y afirma que su felicidad se ha completado yendo a su país solo dos días este año. Ya que, aunque tiene la nacionalidad española, no puede entrar en Palestina por el aeropuerto de Tel Aviv, puesto que hay una ley israelí que impide la entrada por el aeropuerto a personas nacidas en los territorios ocupados. Esto le obliga a emprender el viaje de España a Egipto y de allí a Gaza, un viaje que él llama “el viaje del tormento” que dura, ida y vuelta, cinco días. Sin embargo, concluye, «estoy contento con eso, y soy uno de los afortunados entre los refugiados en España».

Fuente: baynana.es


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