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Dolor y esperanza, la vida cotidiana de los refugiados saharauis – Por Fernando Íñiguez para Globalter

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Podría parecer el decorado de la última película apocalíptica, o la escenificación de una distopía, y en realidad no es uno de los peores lugares del mundo. Seguramente en Sudán, Yemen, Mali y en las fronteras de Ucrania con Rusia estén mucho peor, sorteando bombas y hambrunas, lo que no desea vivir ningún ser humano.

Los campamentos de población refugiada saharaui se levantan en uno de los parajes más inhóspitos del planeta, un lugar yermo, pedregoso, al sol inclemente y abrasado por las altas temperaturas durante casi todo el año y que el internacional actor español, Javier Bardem, calificó como “la antesala del infierno” cuando lo visitó en 2008.

La maldición en forma de no deseo del islam lo dice, “que Alá no te envíe a la hamada”. Y es en la hamada argelina, próximo a la ciudad de Tinduf, al suroeste del vasto país del Magreb, donde desde 1975 vive cerca de un cuarto de millón de personas sin patria, sin suerte ni beneficio y a los que se les ha negado el derecho a elegir su destino.

Casas de adobe en el campo de refugiados de Dajla (Sur de Argelia). Autor de todas las fotos que ilustran esta información: Fernando Íñiguez

La historia está ahí: España ocupa el Sáhara Occidental, en la franja costera atlántica, durante buena parte del siglo XX. En la década de los sesenta la ONU le insta, como a todas las potencias occidentales que colonizaban tantas regiones en África, a que inicie un proceso de descolonización y entrega a los verdaderos habitantes de los territorios, en este caso, los saharauis. Para ello, le obliga a España a propiciar un referéndum de autodeterminación entre la población nativa. España no lo hace y su gobierno, mientras el dictador Franco agoniza en su tumba, firma con Marruecos y Mauritania la entrega y reparto del territorio entre esos dos países. El norte para Marruecos, el sur para Mauritania (Acuerdos de Madrid, noviembre 1975). En febrero de 1976 España arría su última bandera, deja definitivamente el territorio y abandona vergonzosamente a su suerte a los saharauis.

En esos meses, muchos saharauis huyen hacia Argelia, a esa hamada terrible a refugiarse. Otros, no les da tiempo a salir o eligen quedarse en las ciudades ocupadas, y otros, en la filas del Frente Polisario, el movimiento de liberación fundado en 1973 cuando todavía el Sahara Occidental era colonia española, inician una guerra contra los nuevos países ocupantes.

De resultas de todo eso, con todos los recovecos que la historia da de sí, años de guerras, retirada de Mauritania, firmas de acuerdos de paz de por medio y nuevas promesas incumplidas de referéndums, cerca de un cuarto de millón de saharauis sigue viviendo, como se decía al principio, en esos campamentos de forma precaria y esperando siempre el regreso a su tierra arrebatada.

La vida en un campamento de refugiados tierra adentro, en mitad del desierto en 2022 ya no es como era cuando se crearon entre 1975 y 1976. La sensación de provisionalidad de aquellos primeros años, con la esperanza de que sería una situación temporal breve para volver pronto a la tierra usurpada, va tornándose cada vez más en una sensación de asentamiento casi definitivo. La jaimas y pequeñas carpas de tela que acogían a los primeros refugiados, se ha ido transformando, primero en casas de adobe fabricado allí mismo, y en los últimos años, en construcciones de ladrillo de cemento traído de otros rincones de Argelia.

La mejora de la calidad de vida, se refleja en las diversas campañas de vacunación de la OMS, que han reducido drásticamente la alta mortandad infantil de los inicios y erradicado casi por completo las plagas y pandemias de entonces.

En los campamentos se vive, básicamente, de la ayuda internacional humanitaria. Las instituciones organizativas saharauis, no obstante, la administran de la mejor forma posible. Pero no solo se vive de eso. Los saharauis no están en los campamentos de brazos cruzados mientras esperan a la siguiente caravana solidaria que les llega de lejos con ropa, alimentos, medicinas, enseres, o diverso material técnico, sino que han desarrollado una pequeña economía de mercado que les permite comercio con las regiones próximas de Argelia y Mauritania. Mantienen la cría de la cabra y el camello, que les proporciona leche y carne y, con la ayuda de diversas Asociaciones Solidarias, principalmente italianas y españolas, han levantado huertos, pequeñas granjas, explotaciones avícolas y hasta una pequeña piscifactoría.

En los últimos años, Argelia les ha facilitado tendido eléctrico, y ya es frecuente el acceso a la telefonía móvil con la consabida conexión a internet, lo que supone una cosmovisión más global con el resto del mundo que hasta hace pocos años no tenían. Y en las viviendas actuales de los campamentos puede haber televisiones y, en muchos casos ya, hasta aparatos de aire acondicionado.

A los jóvenes saharauis, les mueve lo que a otros jóvenes del mundo. Es lo que tiene la globalización. Han nacido en los campamentos y casi son ya una segunda generación refugiada. Cada vez son menos los que vivieron en el Sáhara Occidental, actualmente ocupado ilegalmente por Marruecos. Eso produce cierto desarraigo, hasta en cuestiones culturales. El haul, la música tradicional del desierto, por ejemplo, que trajeron los primeros refugiados como seña de identidad con sus arengas guerreras y loas a Alá, se ha sustituido en sus playlist por las últimas novedades del reggaeton internacional o el trap más urbano. Y los varones quieren verse también con zapatillas y vaqueros de marca. Vestirse y cortarse el pelo como Cristiano Ronaldo e incrustarse brillantes en las orejas. A las jóvenes les gustaría hacerlo también, pero la mujer sigue ocupando un rango inferior en las sociedades islámicas, pues el fuerte vínculo religioso con el pasado no se ha perdido a pesar de los años de refugio.

Sin embargo, el pueblo saharaui, con todos los estímulos externos que podrían alejarle de su ideal primero de recuperar su tierra y decidir su propio destino, mantiene vivo ese espíritu de lucha y resistencia pacífica.

En ese paisaje que confiere a los campamentos un aire de lugar irreal, las diversas generaciones que han ido naciendo en el exilio no pierden la esperanza y anhelan el regreso a esa tierra que nunca han conocido, como sí conocieron sus padres y abuelos.

Casi medio siglo de asentamiento en un lugar prestado por Argelia que han hecho suyo, y ahí siguen. Era lógico y natural que esa parte del pueblo saharaui, intentara aspirar a una vida más cómoda a pesar de vivir en campamentos de refugiados. Con ayuda de Argelia y Cuba, y en parte también de España, han formado médicos, profesores, farmacéuticos, técnicos, cineastas y periodistas, entre otras profesiones.

Estudio de radio en los campos de refugiados

Por todo eso, recorrer ahora los campamentos, a los que ya se llega por pistas asfaltadas, trasmite sensaciones extrañas y contradictorias para el visitante de un país europeo ajeno al conflicto. Sorprende ver esos pequeños comercios abarrotados de enseres, que lo mismo te venden una nevera eléctrica último modelo, que un hornillo para brasas de carbón. Metros infinitos de tela para hacerse un turbante, como unas lustrosas Nike idénticas a las calzadas por una celebrity internacional o el último actor hollywoodiense de moda. Y entre medias, todo tipo de latas de conserva, alimentos, productos cosméticos, electrónicos, fruta, vestidos, muebles…

Sorprende ver apilados, entre la arena, la casa derrumbada, la explanada y la cabra glotona, restos de coches Mercedes en chasis y oxidados, como si se hubiera rodado recientemente la última de las escenas de Mad Max. Locutorios telefónicos, pequeñas farmacias, casas de comida y talleres mecánicos salpican también la vida cotidiana de cualquiera de los cinco grandes campamentos donde habita ese cuarto de millón de personas desplazadas, aunque más de la mitad ya hayan nacido ahí en alguno de sus hospitales. Y, para que nada se olvide, los nombres de esos campamentos hacen homenaje a las ciudades que Marruecos ha hecho suyas: Smara, El Aaiún, Dajla y Auserd y, recientemente, Bojador, hasta hace poco conocido como 27 de febrero, lugar donde se ha construido y funciona la Escuela de Cine, fruto del proyecto Cine para el Sáhara que casi cada año organiza, desde 2003, en uno de los campamentos, el FiSahara (Festival Internacional de Cine del Sáhara) y cuya decimoséptima edición se va a celebrar del 11 al 16 de octubre próximos. Y de esa Escuela de Cine han salido ya las primeras promociones de cineastas saharauis que están empezando a contar su propia historia, experiencia, emociones y frustraciones con sus películas y documentales.

Y, como si nada pasara, como si no hubiera espera ni angustia, ni urgencia por resolver la situación, el bullicio y algarabía de los niños y niñas saharauis transforman el inhóspito lugar en un oasis de alegría y esperanza.

No son los campamentos de población refugiada saharaui el peor lugar del mundo, como se señalaba al principio, pero tampoco el más idílico, a pesar de las mejorías en las condiciones de vida de los últimos años, para que esos niños crezcan y acaben perdiendo su sonrisa. Quitarles su alegría, como se hizo con sus hermanos mayores, padres y abuelos, será otra prueba más del fracaso de la humanidad.

En los campamentos saharauis se vive intensamente. Hay alegría y dolor. Se convive con la amargura de la enorme injusticia perpetrada contra su determinación como pueblo y cultura, pero con la esperanza de que están convencidos de que algún día regresarán a su tierra y esos asentamientos “provisionales” pasarán al olvido.

La razón está de su parte, pero puede que con eso no baste.

Fuente: globalter

Fernando Íñiguez es periodista especializado en música. Vivió su adolescencia en El Aaiún cuando era la capital del Sáhara español. Dirige y presenta en Radio 3 el programa Tarataña.

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