InvestigaciónLa respuesta europea a los refugiados ucranianos, ¿una excepción?

La respuesta europea a los refugiados ucranianos, ¿una excepción?

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Juan Carlos Velasco

De momento, en lo que respecta a la acogida de los ucranianos que huyen de los horrores provocados por la invasión rusa, la respuesta europea está a la altura del desafío. Nada que reprochar, sino todo lo contrario. Pero esta primera reacción, que esperemos que se sostenga en el tiempo, no nos debe hacer olvidar otras experiencias no tan positivas.

La impresionante ola de solidaridad que se registra ante la llegada de ucranianos a distintos países de la Unión Europea y, en particular, a Polonia, pero también, entre otros, a Rumanía, Eslovaquia y Hungría, contrasta vivamente con la actitud de rechazo que anteriormente se pudo observar en circunstancias sustancialmente no muy distintas. Los países que ahora se muestran más hospitalarios son prácticamente los mismos que no hace tanto se opusieron con más ahínco a acoger refugiados y a consensuar un sistema de reparto solidario en la Unión Europea.

Recordemos el cierre de fronteras que diversos países de Europa Central decretaron ante la crisis que generó en 2015 la llegada de cientos de miles de refugiados que cruzaron el Mediterráneo huyendo de guerras, persecuciones y múltiples penalidades, en su mayoría sirios, iraquíes y afganos. O cuando en otoño de 2021 unos pocos miles de refugiados procedentes también de Oriente Próximo intentaron ingresar en Polonia desde Bielorrusia.

¿Dos tipos de refugiados?

Ante la disimilitud del trato dispensado cabría deducir que existen dos categorías de refugiados: los “nuestros”, es decir, los “auténticos refugiados”, y los “otros”, los procedentes de países en vías de desarrollo, que no serían merecedores de nuestra solidaria acogida. El distinto entorno cultural, religioso e histórico del que provienen unos y otros o, si prefiere, la percepción de una mayor o menor cercanía, parece ser la clave emocional sobre la que se asienta esta discriminatoria distinción.

Pero con independencia de la valoración que nos merezca este trato asimétrico, que por desgracia no es privativo de los mencionados países, podemos extraer una lección más bien alentadora. En contra de lo que con gran desparpajo se solía argüir en anteriores crisis de refugiados, la positiva actitud actual desmonta la habitual coartada de los países más prósperos: “No podemos acoger a todo el mundo, pues no tenemos las condiciones materiales para hacerlo”.

En realidad, como es obvio en el caso de tales países, cuyas capacidades nunca se han visto realmente sobrepasadas, el punto decisivo no estaba en una presunta carencia de recursos. Más allá de los medios con que se cuente, siempre limitados, abrir o cerrar fronteras es, más bien, una cuestión de disposición. Cuando hay buena disposición, cuando hay voluntad política por parte de gobernantes y ciudadanos, se abren fronteras, se arbitran procedimientos extraordinarios y se acogen refugiados.

Parcialidad solidaria

Esa parcialidad, ese trato asimétrico que damos a unos y a otros, nos habla también, sin duda, de la limitada capacidad moral de los humanos para extender nuestra responsabilidad ante quienes no son nuestros conciudadanos, esto es, a círculos más amplios que sobrepasen las fronteras estatales.

A veces, como en esta ocasión, vamos algo más allá, pero nos resulta complicado en general adoptar una mirada realmente cosmopolita que reconozca la igual dignidad moral de todas las personas, de todos aquellos extraños que llaman a nuestras puertas.

Nuestra sensibilidad moral se basa –es difícil negarlo– en la percepción de proximidad, y esta no nos la proporciona solo la geografía, sino la disponibilidad de información, de imágenes, de compatriotas que están allí, etc. La guerra de Ucrania la tenemos ahora mismo en el salón de casa, mientras que otros conflictos pasan desapercibidos o, simplemente, no los queremos ver.

Si la reacción ante quienes llaman a nuestras puertas se pone ante un espejo, los europeos no quedamos tan favorecidos. Como decía Hans Magnus Enzensberger a principios de la década de 1990, cuando se registró una importante afluencia de refugiados procedentes de la ex Yugoslavia, “querer diferenciar entre buenos y malos según el lema ‘Yo soy quien decide quién es un auténtico peticionario de asilo y quién no’, se contradice con el concepto central de asilo”.

Ampliar el derecho de asilo

Si nos atenemos a lo dispuesto en el artículo 33 de la Convención sobre el Estatuto de los Refugiados, ningún Estado estaría autorizado a devolver o expulsar a persona alguna que huya de países “donde su vida o su libertad peligre por causa de su raza, religión, nacionalidad, pertenencia a determinado grupo social o de sus opiniones políticas”. A nadie se le oculta, sin embargo, que las vidas de las personas pueden estar en peligro no solo por persecuciones de carácter religioso, político o étnico, que son los casos explícitamente amparados por dicha convención.

Dignos de igual protección son también, como sostiene Jürgen Habermas, aquellos “que quieren escapar de una existencia miserable en su propia patria” y deambulan a la búsqueda de un lugar donde recalar. Si esto es así, entonces resultan poco defendibles las manifestaciones cada vez más exasperantes de chovinismo del bienestar, tras cuya barrera se atrincheran muchas veces posiciones nacionalpopulistas radicalmente insolidarias.

No cabe disociar sin más el asilo político y la migración que huye de la pobreza o de un entorno natural adverso y menos aún esgrimir dicha diferencia como coartada para eludir las obligaciones morales, y también jurídicas, contraídas por los países más prósperos –y entre ellos se sitúan, sin duda, los europeos– con los refugiados procedentes de las regiones empobrecidas del planeta.

Por eso el debate sobre el refugio resulta bastante capcioso. Dado el grado de imbricación entre ambas formas de movilidad humana, los migrantes económicos y climáticos no pueden ser excluidos sin más de los beneficios del derecho de asilo.


Fuente: theconversation


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