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Remesas de dolor

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Eduardo Torre Cantalapiedra

El pasado 9 de diciembre, 55 migrantes perdieron la vida en Chiapas cuando volcó el camión que los transportaba hacia el norte; otras 105 personas resultaron heridas. El discurso oficial se centró en señalar a los traficantes de personas como responsables, mientras que la cobertura de los medios trató de reconstruir de la manera más detallada posible la cadena de eventos que condujeron a dicho suceso. No obstante, este trágico accidente también evidenció que las condiciones de vulnerabilidad de ciertos flujos migratorios conllevan que las comunidades de origen de estos migrantes reciban frecuentemente remesas de dolor.

Ilustración: Víctor Solís

El 15 de diciembre tuve la oportunidad de participar en el Primer Foro Internacional de Migración 2021 que fue organizado por la Secretaría del Migrante y Enlace Internacional del gobierno de Guanajuato y auspiciado por la entusiasta labor en favor de los migrantes de su titular, Juan Hernández. El evento construyó una polifonía de voces de los diferentes actores sociales que intervienen en los fenómenos migratorios: políticos, representantes de organismos internacionales, religiosos, miembros de organizaciones de la sociedad civil, académicos y, por supuesto, sus protagonistas: los migrantes. De acuerdo a uno de los asistentes, este Primer Foro Internacional lanzó un claro mensaje: “La humanidad y salvaguardia de las personas migrantes está por encima de las consideraciones respecto de sus orígenes nacionales”.

En el marco de este evento tuvimos la oportunidad de disfrutar del encendido discurso en defensa de los migrantes del P. Ismael Moreno Coto, S. J., conocido como Padre Melo, un prestigioso defensor de los derechos humanos de los migrantes en Honduras. Fue en una conversación con él que escuché por primera vez el término remesas de dolor, expresión que acuñó para referirse a un fenómeno de transferencia de sufrimiento hacia las comunidades de origen que se produce a raíz de las migraciones, mismo que ha observado en El Progreso, Honduras, cuando se producen sucesos trágicos en el camino y  cuando los migrantes regresan al país vapuleados por malas experiencias migratorias, entre otras. A continuación, propongo que los estudios migratorios deberían recuperar y analizar estas remesas de dolor en complementariedad con las ampliamente estudiadas remesas económicas y sociales.

Las remesas económicas son a las que mayor atención han prestado los gobiernos gobiernos y la academia: se trata de envíos de recursos económicos de los migrantes que residen en el extranjero a sus familias o comunidades en sus países de origen. Estas remesas se han clasificado en función del uso que se les da en el origen (salario, inversión, etcétera). Un primer aspecto a abordar es su cuantificación en cada país y región, algo que en la práctica resulta una tarea compleja, para empezar, debido al subregistro que inevitablemente se produce al emplear medios informales para su envío. Por otro lado, dado que muchos países receptores de importantes cantidades de remesas padecen altos grados de pobreza y desigualdad, y son incluidos en la categoría de subdesarrollados, se ha considerado un segundo aspecto fundamental en los análisis económicos: las remesas como potenciales motores de desarrollo.

Asimismo, los académicos han hecho notar la existencia de remesas de carácter no monetario —remesas sociales—, por ejemplo, las transferencias de ideas, comportamientos, identidades, conocimientos y capital social que los migrantes adquieren durante sus estancias en otras partes del país o del extranjero a sus comunidades de origen.1 El potencial transformador de este tipo de remesas en las familias

y comunidades de origen ha sido objeto de numerosas investigaciones.

Por lo tanto, las remesas de dolor también merecen ser cuantificadas, y sus impactos analizados. En primer lugar, es necesario definirlas y caracterizarlas. Estas remesas reconocen que las migraciones producen con frecuencia sufrimiento a las comunidades de origen, especialmente a los familiares que se quedan atrás. Esto se hace especialmente patente en situaciones trágicas en las que un familiar pierde la vida en el camino o en el país receptor, ya sea por accidentes —como el acaecido en Chiapas— o por muerte violenta —como en el caso de las matanzas de migrantes como las de San Fernando o Cadereyta—.

Incluso más devastadora que la pérdida de un familiar puede ser su desaparición, pues en este caso se produce una situación de pérdida ambigua. Ante este tipo de pérdidas, las personas —en este caso, los familiares en el origen— no saben cómo actuar, pues desconocen si la pérdida es definitiva o temporal; no existen rituales para afrontarlas —a diferencia de los rituales funerarios cuando se produce el fallecimiento de seres queridos: velorios, rezos, entierros, cremaciones, etc.—, y el sufrimiento se prolonga de forma indefinida.2 La Caravana de Madres de Migrantes Desaparecidos, que se ha llevado a cabo año con año por más de década y media, puede entenderse como una de las maneras en que las madres lidian de manera proactiva con esta terrible situación. En 2021 esta caravana de madres se realizó por primera vez en Estados Unidos: madres y familiares de los desaparecidos recorrieron seis estados para buscar a sus seres queridos, denunciar los atropellos que sufren los derechos humanos de los migrantes en sus travesías y visibilizar su causa.

Las remesas de sufrimiento también se producen cuando los migrantes regresan a las comunidades de origen tras un intento fallido de migrar y sus familias quedan en una situación de mayor precariedad que la inicial; migrantes cuyos cuerpos pueden haber sido mutilados, violados, abusados, maltratados y ultrajados en el camino. Que estas migraciones pueden generar separaciones familiares constituye una fuente adicional de quebranto emocional relacionado con esta distancia física entre los miembros de la familia.

De igual manera, las deportaciones son una fuente de quebranto para las familias, implican el fracaso de proyectos migratorios y generan separaciones familiares. Las deportaciones de personas que fueron llevadas en la infancia o que llevan décadas residiendo en el país de destino son especialmente trágicas. En muchos de estos casos los migrantes comienzan una lucha interminable para reingresar a los países expulsores que consideran su hogar y reunirse con sus familiares y amigos.

Los casos expuestos no agotan la caracterización de las posibles transferencias de miedo, angustia y dolor generadas por las migraciones, especialmente las que se producen en condiciones de alta vulnerabilidad y precariedad. Si bien varias de estas remesas de dolor han sido analizadas empleando conceptos como las emociones, la separación familiar, etcétera, muchas de ellas todavía requieren tanto de una medición como de un análisis que permitan un entendimiento más profundo.

Las remesas de dolor no deben ser una herramienta para desincentivar las migraciones en manos de las autoridades, sino un instrumento para exigir políticas públicas en favor de los migrantes: que atajen las causas que hacen que las migraciones no se produzcan de manera involuntaria, para que las autoridades cumplan con su compromiso de protección de los derechos humanos de las personas que atraviesan sus respectivas fronteras y territorios. Como lo señaló el Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Refugiados (ACNUR) a raíz del accidente en Chiapas: “Se requieren de alternativas migratorias y vías legales para evitar tragedias como ésta”, que se persigan los delitos que se ceban en los migrantes internacionales, entre otras.

 

Eduardo Torre Cantalapiedra
Profesor-investigador del Departamento de Estudios de Población de El Colegio de la Frontera Norte

Fuente: migracion.nexos


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