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“Sacadnos de aquí o matadnos”: no es Europa, a los refugiados afganos no los quieren ni en Pakistán

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Familias afganas que regresan a Afganistán tras su paso por Pakistán (EFE)


“Quiero hablar de cosas felices, hombre”, dijo Joe Biden. Veinte años de intervención internacional fallida resumidos en una frase

Génesis. “Hubo un momento en el que tuvimos esperanza”, asegura Sayed, refugiado afgano en Pakistán. “Justo hace un año, mientras veíamos cómo despegaba el último avión estadounidense, estábamos convencidos de que alguien nos sacaría de ahí, de que el mundo estaba mirando, de que el mundo era testigo de nuestra situación desesperada. ¿Cómo iban a dejarnos solos?”. Hace poco más de un año Estados Unidos concluía su retirada de Afganistán. Hace poco más de un año los talibanes celebraron el fin abrupto de veinte años de ocupación con una ráfaga de disparos al aire que anunciaba el inicio de un régimen brutal.

Cuando el presidente de los Estados Unidos, Joe Biden, fue sorprendido con una pregunta sobre la situación en Afganistán en un evento organizado dentro de las celebraciones del 4 de julio del 2021, este respondió con un: “Quiero hablar de cosas felices, hombre”. Veinte años de intervención internacional fallida resumidos en una frase. Y la situación de los refugiados afganos en Pakistán no es una de esas cosas felices de las que hablar.

El último avión estadounidense despegó y Afganistán se quedó en manos de un grupo de fundamentalistas adictos a adulterar el nombre de Alá con drogas y sangre.

El éxodo

“Pasamos unos días esperando instrucciones para salir del país, pero nosotros no éramos una prioridad”, cuenta Sayed. “A los pocos días los talibanes entraron en casa y ordenaron que me uniera a su nuevo gobierno. Yo había sido policía. Lo hice, me uní a ellos, claro que sí. ¿Lo entiendes?. Si no, nos mataban. Entregué mi casa a cambio de un AK-47 y me llevaron a Kabul”.

Sayed aprovechó la oportunidad de poder moverse libremente para escapar a Pakistán. Cruzó la frontera de Spin Boldak y de ahí llegó a Peshawar.
Peshawar, ciudad antiquísima que siglos atrás había estado protegida por dieciséis puertas, famosa por haber acogido a poetas, espías, contrabandistas y enamorados. Cuando Sayed llegó, las únicas historias que poblaban los bazares eran las de deportaciones de los refugiados afganos que entraban en el país de forma ilegal. El futuro no era optimista, pero su nueva vida no había hecho más que empezar y aún cabía la esperanza.

Sin embargo, Pakistán lleva décadas tratando de gestionar sin éxito una de las crisis de refugiados más prolongadas del mundo. Alrededor de 1,3 millones de afganos que huyeron en 1979 de la guerra contra la Unión Soviética se encuentran en el país. Pakistán fue claro en sus declaraciones desde el primer momento; no tenían suficiente capacidad para ayudar al país vecino. Su respuesta fue endurecer las restricciones fronterizas y cercar la frontera de 2.640 kilómetros.

 “Pero los bordes son permeables y los militares corruptibles”, explica V.K, miembro del partido del recientemente destituido presidente del gobierno Imran Khan.
Los refugiados que lograron entrar en Pakistán, ya sea con visas oficiales o de forma ilegal, se encontraron con que la experiencia traumática de la que huían se veía exacerbada por los malos tratos y la hostilidad con la que fueron recibidos.
La discriminación y la xenofobia hundían sus raíces en la historia reciente del país anfitrión y las condiciones de vida eran indignas. Pakistán había convertido a los refugiados en un chivo expiatorio al que responsabilizar de todos sus males. “Hemos llegado a escuchar que la culpa de la inflación la tenemos nosotros”, se lamenta Sayed.

El éxodo de aquellos que lograron huir acabó en una preocupación mayor: Elegir entre la indigencia y la falta de futuro en Pakistán o el peligro de regresar a Afganistán.

Infierno

“Lo único bueno de que haya refugiadas es que así las violan a ellas y no a nuestras mujeres”, escribe un tal Mir Habib en Facebook. Nadie parece escandalizarse. La publicación cuenta con varios ‘likes’.

Los abusos sexuales, la explotación y la violencia institucional entran dentro de lo cotidiano para los refugiados afganos. Los crímenes pasan inadvertidos. ¿Cómo denunciar una violación en un país en el que la ley funciona a golpe de corrupción? ¿Cómo van a condenar a hombres pakistaníes ante las denuncias de refugiadas afganas?
A Sajida la violó el jefe de su marido, ella denunció a pesar de las súplicas de su esposo de que no lo hiciera. “Perderé el trabajo, qué será de nosotros, nos vas a destrozar”.

La policía rechazó tomar su declaración alegando que ella no tenía que haber dejado entrar en su casa a un hombre que no fuera de su familia, que si le había invitado a entrar no podía tratarse de una violación, si no de ‘zina’ o relaciones sexuales ilegales dentro de la jurisprudencia islámica. “Me dijeron que si seguía adelante con mi denuncia acabaría en la cárcel y mi marido tendría que divorciarse de mí“.

 Aún reciben el acoso de policías que pasan de vez en cuando por su casa para exigir sobornos a cambio de no ser denunciada. La presión es tan grande que la mujer confiesa que cada día le pide perdón a Alá por su pecado. Sajida ha llegado a internalizar que ella fue la responsable de su violación.
Se tiende a señalar a los refugiados como culpables de cualquier crisis social o política; una de las acusaciones más comunes es la de estar vinculados al extremismo islámico.
“En nuestro país estábamos amenazados por los talibanes, en Pakistán somos potenciales terroristas”, explica Sardar, médico afgano refugiado en el Punjab. “Cada vez que se habla de la violencia de los grupos fundamentalistas se nos acusa a los refugiados de ser el origen de ideologías extremistas. ¿Cómo puede ser si el terrorismo es precisamente lo que nos ha obligado a abandonar nuestros hogares, nuestros trabajos, nuestro futuro y nuestra lengua?”

Es irónico que Pakistán tema la influencia terrorista cuando acoge y financia escuelas de corte islámico radical. De hecho, en Pakistán se encuentra una de las universidades islámicas más extremistas del mundo: la Darul Uloom Haqqania, popularmente conocida como “La universidad de la Yihad”. En ella se han formado famosos muyahidines y líderes talibanes, entre los que se encuentra Akhtar Mansoor, exlíder talibán. Roza lo ridículo, Pakistán no está en riesgo de verse afectado o influenciado por los fundamentalistas afganos, Pakistán es parte del origen de los talibanes.

 La hostilidad se ha ido oficializando hasta convertirse en violencia institucional. La falta de ayudas gubernamentales fuerza a los refugiados a recurrir a servicios no oficiales para cubrir sus necesidades básicas, desde acceder a trabajos precarios y abusivos, hasta conseguir líneas de teléfonos móviles, asistencia médica o simplemente algo de libertad.
Ante los abusos, Pakistán, país en el que reinan las políticas no oficiales, responde con silencio.
Y los ciudadanos se suman a la narrativa hostil.
“Estoy de acuerdo con que el gobierno no acepte a más refugiados”, afirma Maria, profesora de primaria en Punjab. “¿Cómo pretenden sobrevivir en un país en el que ni siquiera los pakistaníes tenemos suficiente?”.

En ese momento, un refugiado está a punto de ser deportado y lanza un mensaje de auxilio: “Soy hazara y los talibanes me van a matar”. Los oficiales insisten en que no hay manera de que permanezca en el país sin visa, y esta extensión no llega. Lamentablemente, no se puede esperar de Pakistán que tenga consideración por los hazara, la minoría religiosa más perseguida y discriminada en Afganistán, porque en Pakistán también hay discriminación, persecución y matanzas hacia sus minorías étnicas y religiosas sin que ninguna ley pueda impedirlo.

 La comunidad internacional siempre ha apremiado a Pakistán a acoger refugiados afganos bajo el pretexto de que ambos países comparten similitudes religiosas y culturales, sin embargo este juicio es superficial, erróneo y peligroso.

Limbo

Aquellos que siguen en Afganistán ven cómo sus derechos van desapareciendo día a día. En Pakistán las cosas no pintan mucho mejor. Miles de refugiados se encuentran atrapados en un limbo burocrático. Sus vidas están limitadas por infinitas restricciones que les impiden el acceso a planes de estudios, registro de vehículos o el acceso a trabajos regulados, viéndose condenados a la pobreza y al abandono.

Hay poco margen para el optimismo, teniendo en cuenta que la situación de los refugiados afganos en Pakistán no es nueva. Muchos de ellos han nacido en Pakistán y aún así se les niega la ciudadanía. “Nací en Pakistán, nunca he visitado Afganistán, tengo treinta años y cada mes me amenazan con la repatriación. Ser afgano en Pakistán es un crimen”, afirma Jawad, que trabaja como recogedor de basura en el Punjab.

Los refugiados se han convertido en una parte de la sociedad que Pakistán se niega a reconocer. Este año, cientos de refugiados afganos se manifestaron frente a la sede de las Naciones Unidas en Islamabad para exigir medidas que pongan fin a esa tierra de nadie a la que han sido condenados. “Sacadnos de aquí o matadnos”, gritaban.

“Los afganos somos objeto de lástima o de miedo”, protesta Sardar. “Aparecemos en la prensa completamente destrozados, encabezamos titulares en los que se menciona el hambre y la desgracia, protagonizamos ficciones y noticias sobre ataques terroristas. Nos han despojado de nuestra identidad. La situación en nuestro país nos ha quitado todo lo que teníamos, es cierto, pero la comunidad internacional nos ha negado el derecho a la dignidad”.
La protección de los refugiados es un concepto que debería ser imperativo y universal. Sin embargo, ha resultado ser selectivo y condicional.

“La diferencia entre la respuesta a la crisis de refugiados ucranianos y afganos (o sirios, yemeníes y somalíes) pone en evidencia que el problema es inherente a nuestra identidad”, escribe Rana Akbar en su facebook. “Ser un refugiado afgano es una doble tragedia. Incluso en los refugiados hay privilegios”.

 El colapso de Afganistán ya no es impactante, se ha relegado a la lista de países incómodos en los que la violencia se cronifica, como Siria, Somalia, Yemen y Palestina. Conflictos que se tratan con una diplomacia que roza lo cobarde o que no se tratan en absoluto. Parece que en política llamar las cosas por su nombre es un riesgo demasiado grande que muchos países no se pueden permitir. Pero optar por el silencio es perjudicial a largo plazo, puesto que es en el silencio donde se gestan las violencias del futuro, fruto de la desigualdad y las injusticias que consumimos día a día y que normalizamos como mecanismo de protección.
La realidad es que, en Pakistán, el objetivo no es aliviar la crisis humanitaria que sufren los afganos, sino afianzar poderes, establecer nuevas alianzas y sobrevivir a la inflación y a la crisis política interna que asola al país.
Mientras tanto, la situación de miles de personas se encuentra en un punto crítico. ¿Cómo se puede construir un futuro desde la sombra? Eso es lo que Pakistán les ha ofrecido: un escondite, un lugar en el que no ser vistos, en el que no existir, en el que no hacer ruido.
Hablamos de miles de vidas invalidadas. De miles de futuros que se están echando a perder.
“Quizá estábamos equivocados”, dice Sayed. “Quizá la muerte no sea peor que esto.”Fuente: elconfidencial


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