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“Dejadme morir con mi familia”: la historia de un refugiado gazatí en Cisjordania

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Abbas* es uno de los más de 6.000 palestinos de Gaza que trabajaban en Israel y se convirtieron en refugiados en Cisjordania a causa de la guerra entre Israel y Hamás. Ahora es también uno de nuestros pacientes en Nablus: en este texto describe el calvario de verse desplazado y separado de su familia, aún atrapada bajo las bombas en Gaza.

Al amanecer, Abbas enciende un cigarrillo y mira a lo lejos, al escarpado paisaje de Cisjordania. No ha dormido en toda la noche: la ha pasado pensando en su familia, que sigue bajo las bombas en Gaza a más de 100 kilómetros. Su objetivo es solo uno y se repite cada día: conseguir hablar con ellos.

“Toda mi familia está en Gaza, dispersa entre el norte y el sur, en Jan Yunis y Rafah. Mi mujer y mis hijos viven en una tienda de campaña: ya han sido desplazados cuatro veces desde el comienzo de la guerra. A veces han dormido en la calle, en mezquitas o en edificios abandonados. Mis cuatro hijos tienen entre 5 y 14 años, ¿te lo puedes imaginar?“, dice Abbas aclarándose la garganta. “Todas las mañanas, al amanecer, intento localizarlos por teléfono para saber si han sobrevivido a la noche. Algunos días, las comunicaciones se cortan y tengo que esperar días para volver a saber de ellos”.

Abbas es un “trabajador gazatí”: un palestino de Gaza que viajaba a Israel por trabajo. Cada mes, cruzaba la frontera desde el norte de la Franja, donde estaba su casa, para ir a trabajar a una fábrica de hierro durante unas semanas y volver a casa para un descanso de tres días. Desde que falleció su padre, como miembro superviviente de más edad de la familia, también es responsable del resto de sus parientes, incluidos sus hermanos y hermanas.

El 7 de octubre, cuando Hamás lanzó su ataque en Israel, Abbas estaba trabajando. Al día siguiente, soldados israelíes se presentaron en la fábrica y empezaron a acosar a los trabajadores palestinos, amenazándolos con dispararles si no huían a Cisjordania. Abbas se refugió en las montañas durante dos días, antes de llegar finalmente a Cisjordania, uno de los más de 6.000 residentes de Gaza que lo hicieron, según el Ministerio de Trabajo de la Autoridad Palestina.

Cuando pasó el puesto de control israelí, los soldados le quitaron el dinero y sus pertenencias, excepto el teléfono. “Me considero afortunado porque conseguí conservar mi teléfono. Otros no tuvieron tanta suerte: los detuvieron, los golpearon o incluso los hicieron desaparecer”, explica Abbas. “No tengo familia aquí en Cisjordania, así que encontré refugio en una comunidad con otros trabajadores. Vivimos en condiciones terribles, durmiendo en el suelo sin colchones, mantas ni calefacción, pero no es nada comparado con las horribles condiciones de Gaza”.

Mientras Gaza es aplastada por los incesantes bombardeos del ejército israelí, Cisjordania vive su propio calvario sangriento. La violencia y el acoso contra los palestinos por parte tanto de los colonos como de las fuerzas israelíes ya eran moneda corriente antes del 7 de octubre, y en 2023 se batió un récord en el número de palestinos asesinados en esta zona, según Naciones Unidas, continuando la espeluznante tendencia de los últimos años.

Después de esa fecha decisiva, el número de ataques contra palestinos se disparó aún más. Ser atacado por colonos o detenido y golpeado por las fuerzas israelíes se ha convertido en algo cotidiano para los palestinos de Cisjordania, mientras que las operaciones militares israelíes en los campos de refugiados de Yenín y Tulkarem se han saldado con muchos muertos.

En la zona de Nablús, Abbas conoció a un equipo de trabajadores sociales de MSF que le remitieron a sus colegas que ofrecen consultas psicológicas en el marco de un programa de salud mental que funciona desde hace más de dos décadas y que, con el tiempo, se ha extendido a las ciudades cercanas de Qalqiliya y Tubas. A finales de noviembre, los psicólogos y psiquiatras que trabajaban en el programa habían ofrecido más de 2.600 consultas en 2023.

Esta es la primera experiencia de Abbas con la terapia y dice que le está ayudando. Conocía a MSF en Gaza: su padre había sido paciente hace unos años.
Intento desesperadamente ir a Gaza y reunirme con mi familia, pero es imposible“, afirma. “En algún momento las autoridades israelíes dijeron que permitirían a los trabajadores gazatíes regresar a Gaza, pero a los que lo intentaron los detuvieron, les robaron, interrogaron y golpearon. Si me detienen, perderé el contacto con mi familia”.

Aun así, Abbas está decidido a encontrar la manera de regresar. “Mi mujer quiere que me vaya para que podamos morir juntos“, añade. “Para ella es difícil cuidar de los niños. Cuantas más semanas pasan, sobrevivir se convierte en un milagro. No hay agua potable y apenas encuentran comida. Algunos días beben el agua salada del mar. Si enferman no pueden ir al hospital, ya que está abarrotado de pacientes de trauma y no es seguro”.

Continúa con voz sollozante: “Mi hijo de 5 años me preguntó el otro día: ‘Papá, ¿por qué dejas que me muera de hambre? Papá, los padres de los otros niños mueren con ellos, así que no nos dejes morir solos‘. No sé qué responderle, así que me esfuerzo por encontrar palabras de consuelo, pero me contesta: ‘No me mientas, papá. Vamos, así moriremos juntos‘”.

“Debido a los constantes bombardeos, en Gaza se ha convertido en costumbre hacer identificables a las personas, por si las matan, escribiendo sus nombres en el cuerpo: una mano, un brazo, una pierna o el cuello. Mi mujer y tres de mis hijos escribieron sus nombres sobre sí mismos, pero ella no pudo hacerlo sobre el más pequeño. Era demasiado doloroso“.

“¿Cómo serán nuestras vidas cuando hayan terminado de bombardear? Calles, hospitales, universidades y escuelas destruidas. Esto no está bien, soy un buen ciudadano, trabajo, pago mis impuestos y demás. Debería tener derechos humanos básicos. Detengan el sufrimiento“, concluye Abbas.

* No es el nombre real 

Nuestros equipos en Nablus empezaron a ofrecer consultas de salud mental en 1988. En Cisjordania, también llevamos a cabo actividades de salud mental y preparación para emergencias en Hebrón y apoyamos la respuesta médica de emergencia en Yenín, especialmente en el hospital Khalil Suleiman, y en el campo de refugiados de Tulkarem.

fuente: msf

 


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