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Madres migrantes que regresaron a Venezuela celebrarán su día como antes

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refugiados

Vanessa y Jheilyn tienen tres cosas en común: ambas son madres de hijos únicos,  emigraron a Colombia para buscar mejor calidad de vida y regresaron a Venezuela para reunirse con su familia. Este Día de las Madres celebrarán poder ser parte de los cuidados cotidianos de sus hijos.

 

Este domingo 8 de mayo muchas madres venezolanas celebrarán su día con las maletas deshechas y en casa con sus hijos.

De acuerdo con la Organización Internacional para las Migraciones (OIM) hasta febrero de 2022 más de seis millones de venezolanos habían salido del país, en dos décadas de gobierno chavista. De estos, casi 5 millones están distribuidos en América Latina y 1,8 millones de venezolanos viven en Colombia.

Sin embargo, a partir de la pandemia de COVID-19 para algunos de los migrantes más recientes inició el proceso de vuelta a casa. Los investigadores Emilio Osorio y Mauricio Phélan de la Universidad Central de Venezuela (UCV) explicaron dos motivos que han impulsado este fenómeno.

En primer lugar, sobre los venezolanos se han ido tejiendo estereotipos negativos, en especial desde 2015 cuando aumentó el éxodo de población, explicaron en su artículo Migración venezolana. Retorno en tiempos de Pandemia (COVID-19).

Simón Bolívar
Foto cortesía: Migración Colombia

Por otro lado, en la distancia se tiene la percepción de que la pandemia se sobrelleva mejor bajo techo propio, en compañía de familiares y amigos y sin frío. La casa propia, independiente de los materiales de construcción, significa en definitiva seguridad.

En este día especial, Crónica.Uno cuenta las historias de Vanessa Perilla y Jheilyn Cermeño, dos madres venezolanas que huyeron de la precarización salarial de Venezuela y se regresaron para estar con sus hijos.

Vanessa Perilla regresó después de tres años

Cuando Vanessa Perilla llegó al terminal de autobús de Caracas y vio a su hijo Diego por primera vez, después de casi tres años, lo primero que le dijo fue: mira, agarra esta maleta.

Hablaban con tanta frecuencia por mensajería en línea que sentían que no habían pasado casi tres años, a más de mil kilómetros de distancia. Pero la realidad es que Vanessa emigró a Colombia para buscar mejores oportunidades económicas, en 2019, y hasta un par de semanas atrás no había podido ver a su hijo único, de 24 años de edad.

Me fui en septiembre porque no me estaba yendo bien. Trabajaba para una empresa más o menos grande y cuando renuncié mi sueldo era de 16 dólares al cambio. Me ofrecieron un trabajo en una agencia mexicana en Caracas por encima de los 100 dólares y a los tres meses cerraron operaciones. Teníamos contratos informales donde solamente cobramos nuestro mes. Seguí buscando oportunidades, pero decidimos que lo mejor era irme.

Ya en ese entonces Vanessa y su hijo, Diego Collazos, tomaban todas las decisiones en conjunto. En sus palabras “un niño a los 21 años es un adulto”.

Migrantes venezolanos-refugiados
Foto: Acnur
Xenofobia en la ciudad de su nacimiento

Al emigrar, una de las prioridades de Vanessa era conseguir un empleo, con el que pudiera ayudar a su hijo a pagar el último año de la carrera en una universidad privada, pero no anticipó que la coyuntura política en Colombia y posteriormente la crisis sanitaria le jugarían en contra. Hoy lo cuenta entre risas.

En septiembre conseguí trabajo rápido y en noviembre empezaron los paros nacionales. Luego, en enero encontré trabajo y me despidieron en marzo por la pandemia.

Su cédula de identidad, que dice “nacida en Bogotá”, no pudo protegerla de la xenofobia por la distinción de su acento y su portafolio de proyectos de investigación de mercado tampoco le garantizó trabajo en una cultura machista.

Viví que me dijeran en entrevistas: estos proyectos no pueden ser, porque tú no has podido hacer esto. Una mujer colombiana sabría en ese momento que no va a conseguir el trabajo. Culturalmente somos diferentes. Yo cordialmente le puedo decir al entrevistador: dígame qué proyecto le gustaría ver que le parezca que se puede replicar en este negocio y yo abro aquí y se lo muestr’.

Finalmente renunció a las entrevistas y consiguió proyectos independientes para trabajar de manera remota. Desde casa podía hablar cinco horas seguidas con Diego, que estaba viviendo solo y trabajaba en la misma modalidad. Por la misma estratificación, no se plantearon vivir juntos en Bogotá ni siquiera cuando Diego se graduó, ya que para ella a los jóvenes se les hace más complicado crecer en Colombia cuando son migrantes.

migrantes venezolanos
Foto: Migración Colombia
Regresar no fue una decisión familiar

En Colombia Vanessa trabajó en una empresa de agua, un call center y por último en una tienda de mascotas mientras hacía freelance. Tenía trabajo, seguridad social y un costo de vida menos elevado del que podría tener en Caracas. Aunque eso bastaba para su hijo, para ella no justificaba la separación.

Venirme no fue una decisión tan familiar pero necesitaba venirme, ríe.

“Diego estaba solo en el apartamento y le dio COVID-19, entonces desde allá dices: En Venezuela no hay servicios médicos, o sí hay pero son extremadamente costosos. Las mismas preocupaciones que él tenía sobre mi regreso las tenía yo de su cotidianidad aquí, explicó.

Además, Vanessa quería cuidar de su papá, quien vive en Maracay, estado Aragua, y en la actualidad está solo. Él, que emigró de Colombia con su familia para huir de la guerrilla, no quiso regresar hasta allá.

Este año la hermana de Vanessa se mudó a Bogotá con sus hijas, luego de tres años separada de su esposo, quien emigró a la par de Vanessa.

Vanessa quiere estar a menor distancia de su padre y también cerca de Diego, pero no vivirá con ninguno. Después de este Día de las Madres se va a un apartamento, que alquiló desde hace unos años, y deja a Diego solo en el apartamento de otros familiares. Siente que es una visita en la nueva vida de adulto de su hijo.

Asilo | Migración Perú- pib
Foto: Cortesía Superintendencia de Migración

Aunque Diego dice que él y su madre tuvieron “la misma relación que tenía todo el mundo” en la pandemia, intermediada por el internet, Vanessa sabe que su hijo creció mientras ella se ausentó.

Para este domingo , 8 de mayo, no tienen grandes planes. Celebrarán el Día de las Madres en una pizzería con los familiares que se preocuparon por Diego, mientras ella estaba a distancia, y disfrutará del “cuidado cotidiano” hasta que vuelvan a separarse.

Jheilyn Cermeño volvió con su pequeño Luciano

La periodista de sucesos Jheilyn Cermeño decidió irse del país después de separarse de su pareja. Tenía dos trabajos, uno en el que cobraba salario mínimo y otro en dólares, pero eran insuficientes para ella y para lo que le correspondía de la manutención de su hijo Luciano.

Sus amigos habían emigrado primero que ella y recibían buenos salarios. Su hermano podía ayudarla a llegar a Colombia, donde él vive. A mediados de 2017 tomó la decisión de buscar un mejor futuro para ella y para su hijo, con la intención de volver a vivir juntos tan pronto se pudiera.

Dejé todas las cosas listas en relación a mi hijo y se lo di a mi madre y dejé un pote de recursos porque no sabía en cuánto tiempo podía empezar a producir.

Sin embargo, en Colombia fue víctima de xenofobia, por lo cual su estadía de menos de un mes, no fue más que una parada en su proceso migratorio.

grupos armados
Foto: Ana Barrera/ Archivo.
En Perú se mojaron sus sueños

Me fui a Perú porque un amigo me había propuesto que viajara por un tema laboral y me había endulzado la oreja, cuenta.

El amigo de Jheilyn le prestó 105 dólares que no fueron suficientes para los cuatro días de viaje en carretera, pero con ayuda de “gente maravillosa”, también venezolanos migrantes, pudo completar el camino.

Sin embargo, llegó tarde a la fábrica de cartón donde la iban a emplear. Ya habían ocupado un puesto. En un principio trabajó en un hotel y esto le sirvió para conocer a una amiga chilena que viajaba a Machupichu y que la recibiría en su casa luego de su estadía en Perú.

Estuve ocho o nueve meses haciendo de todo un poco: como mesera y empleada administrativa en una empresa, pero también me monté en las camioneticas para vender golosinas, relató.

Finalmente decidió irse de Perú pues en Lima fue víctima de acoso sexual por parte de sus últimos empleadores.

Última parada: Chile

Cuando decidió mudarse de país, en marzo de 2018, estaba en medio de las conversaciones con la amiga chilena quien también le ofreció dinero de viaje y estadía.

Adaptarse ahí también fue difícil. “Con frío y miedo” se aventuró hacia una zona cercana a la Patagonia argentina, donde trabajó principalmente en una procesadora de mariscos y finalmente pudo independizarse al cabo de cinco meses.

Hice mi permiso de trabajo, me regularice y no tenía ningún problema para hacer trámites. Incluso le pedí al papá de mi chamo que viajara a llevármelo pero no quiso, y en julio establecieron la visa de venezolanos y se me trabó el problema.

Jheilyn se aisló en la música y no fomentó relaciones fuera de su familia que estaba en la distancia. Podía mantener su hogar en Venezuela y ahorró lo suficiente para viajar en octubre de 2020 porque “ya no aguantaba” sin ver a Luciano.

Al retorno me costó mucho volverlo a dejar, porque él no quería que yo me fuera, pero económicamente me estaba yendo bien. Ella insistía en obtener el permiso para que se reunieran en Chile, donde podría incluso darle más oportunidades de prosperar, pero las autoridades chilenas le negaron el documento incluso habiéndose intentado dos veces.

Jheilyn sentía que ya no podía mantener a distancia la relación con su hijo de 10 años. Ya casi no quería ni hablar conmigo, no me respondía las llamadas, le daba flojera, ya estaba aburrido de esa dinámica de las videollamadas y las notas de voz.

La decisión de regresar en pandemia

Su deseo de retornar a Venezuela coincidió con los primeros meses de la pandemia de COVID-19, cuando el paso por la frontera estaba cerrado. La falta de posibilidades para verse de nuevo en su hogar hizo que Jheilyn cayera en depresión. Sin embargo, sanó cuando tomó la decisión de regresar, a finales de 2020, por trocha para no perderse otra navidad con Luciano.

Entré por Maicao, un viaje peligroso del que tenía mucho miedo, pero me encontré con otros maracuchos más buenos que el pan con café con leche, que me ayudaron. Cuando llegué a mi autobús con vía a Caracas vi la gloria.

Foto: Luis Morillo

Ya superado el furor de estar reunida con su hijo, lo que más le costó a Jheilyn fue adaptarse a una Venezuela que había cambiado y una situación familiar que seguía siendo la misma.

Ya en Venezuela consiguió un empleo remoto en una institución pública y pudo pagar un alquiler, pero como su hijo estaba inscrito en un colegio más cerca de la casa de su madre y ahora ella trabaja, Jheilyn debe vivir en la casa que dejó de lunes a viernes para atender la rutina de su hijo.

Para ella fue importante trabajar la “consentidera” de la abuela de Luciano para poder formarlo como una persona más independiente, y en muchas situaciones, las normas del hogar la rige la madre de Jheilyn.

Jheilyn medita que la adaptación requiere de paciencia y quizás más comprensión. Pero sinceramente no me arrepiento, porque estoy tranquila, porque estoy con mi hijo, porque no me lo estoy perdiendo, porque lo estoy disfrutando”.

Fuente:cronica.uno


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