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Su nombre es Manuel y está en el “Paso del Norte”

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Bajo el sol abrazador de Juárez, Manuel piensa sobre cuánto le cobrará el “pollero” para volver a cruzar, por qué zona de la frontera lo llevará y cuán seguro puede estar en un lugar donde hasta los niños trabajan para los “narcos”.

“—Me voy lejos, padre; por eso vengo a darle el aviso.

—¿Y pa ónde te vas, si se puede saber?

—Me voy pal Norte.

 —¿Y allá pos pa qué? ¿No tienes aquí tu negocio? ¿No estás metido en la merca de puercos?

 —Estaba. Ora ya no. No deja. La semana pasada no conseguimos pa comer y en la antepasada comimos puros quelites. Hay hambre, padre; usté ni se las huele porque vive bien.

—¿Qué estás ahi diciendo?

—Pos que hay hambre. Usté no lo siente. Usté vende sus cuetes y sus saltapericos y la pólvora y con eso la va pasando. Mientras haiga funciones, le lloverá el dinero; pero uno no, padre. Ya naide cría puercos en este tiempo. Y si los cría pos se los come. Y si los vende, los vende caros. Y no hay dinero pa mercarlos, demás de esto. Se acabó el negocio, padre.

—¿Y qué diablos vas a hacer al Norte?

 —Pos a ganar dinero. Ya ve usté …”

 Juan Rulfo, “Paso del Norte” (1953).

 

Manuel Pérez Mendoza, cubano de 32 años, natural de la Isla de la Juventud, se encuentra en Ciudad Juárez desde el lunes 2 de mayo. Allí lo devolvió la Patrulla Fronteriza después de haberlo retenido una semana y unos cuantos días. A pesar de que le informaron que lo llevarían a una institución religiosa, supuestamente en territorio estadounidense, fue trasladado junto a otros migrantes al lado mexicano de la frontera, donde lo esperaba personal del Instituto Nacional de Migración (INM) y la Guardia Nacional.

Allí le informaron que las políticas habían cambiado para los cubanos y, como el resto de los migrantes que arribaban de manera ilegal a la frontera, estaba siendo devuelto a México en virtud de la revitalización del “Título 42”1  o el Programa “Quédate en México”2, no especificaron más.

De nada sirvieron los gritos, lágrimas y protestas. Manuel fue abandonado en la joroba del puente que entrelaza y divide idénticas geografías y mundos diferentes; un puente irónicamente nombrado “Paso del Norte” que se alza, ignorante y ajeno, sobre los sueños rotos que dejan los migrantes a su paso.

 

Nacido en 1990, en los inicios de la crisis más profunda que sufrió Cuba después de 1959, la niñez y juventud de Manuel estuvieron marcados por mejores y peores experiencias, con ilusiones de que las cosas podían mejorar y socavones que hacían caer en picada y tener que volver a empezar a quienes lo rodeaban.

Hijo de unos jóvenes de las provincias orientales que fueron a estudiar a la Isla de la Juventud y allí hicieron sus vidas, ha vivido década tras década la acumulación de decepciones y sueños que se van al pairo en una isla pequeña dentro de un archipiélago mayor, donde las dificultades económicas se han ido incrementado, a la par que la reducción de su población vía la emigración a otras zonas de Cuba o al exterior del país.  En esa marea continua que arrebata sueños y gente algunos de sus familiares, incluido un hermano, arribó a Estados Unidos a través de Ecuador antes de que Barack Obama derogara la política “pies secos, pies mojados”, mientras él se iniciaba en el trabajo por cuenta propia (construyendo y rehabilitando viviendas) con las transformaciones socioeconómicas impulsadas en la “era raulista”.3

Sin embargo, como tantos otros cubanos, decidió emprender el camino hacia “el Norte” porque “ya no aguantaba más, ya no podía aguantar más”. Con un niño pequeño, la pandemia de coronavirus, la falta de opciones económicas, los “apagones” y las dificultades siempre crecientes de la vida cotidiana, “irse” se ha convertido en la única opción posible según su opinión: “las colas para obtener cualquier cosa, sobre todo cuando hay niños chiquitos; suplicar a las personas para que te compren con sus tarjetas, porque tienes que tener tarjetas en dólares, si no, no te venden nada”; y porque “tú sabes que las cosas no van a mejorar, todo es para peor (…) Tú pensabas que con los cambios las cosas iban a mejorar pero nada, todo está cada vez más malo (…) Mi hermano se tuvo que ir y ahora me tocó a mí”.

Con el dinero que lograron pedir prestado sus familiares en Miami, Manuel pudo pagarse el avión para llegar a La Habana y de ahí a Nicaragua, el país más utilizado para iniciar el camino hacia Estados Unidos porque no solicita visa a los cubanos actualmente. En Managua pagó a los “coyotes” para que lo cruzaran por distintas naciones y fronteras: El Salvador, Honduras, Guatemala hasta llegar a México. En ese último país lo conectaron con mexicanos en Tapachula que lo llevaron con otros migrantes a un lugar aislado y desértico entre Chihuahua y Texas, un trayecto para nada fácil, lleno de demoras, peligros y dificultades que terminó en un vehículo hacinado de personas cerca de “El Paso”, donde una patrulla fronteriza de Estados Unidos lo detuvo y lo llevó a un albergue.

Ya consignado, Manuel esperaba que, como había sabido por los rumores que corrían entre sus amistades y los cubanos que conoció en el camino, le realizarían la entrevista de rigor, le tomarían las huellas dactilares y lo enviarían, más tarde o más temprano, con su familia en Florida para esperar la decisión del juez sobre su caso, o al consabido año y un día para acogerse a la Ley de Ajuste Cubano.

Pero las cosas no siguieron los cauces acostumbrados. A su grupo lo separaron por sexo, les dieron un uniforme, los ubicaron en un espacio aislado y, al cabo de varios días, devolvieron a los hombres a México sin muchas explicaciones y con información engañosa o poco clara según los relatos de los entrevistados.  Sin tener información certera pues las autoridades solamente les refirieron que los devolvían a México “por el Título 42”, algunas personas del grupo huyeron para volver a intentar cruzar, otros hicieron llamadas por teléfono, mientras que Manuel y otros migrantes deambularon por Ciudad Juárez buscando comida y un hotel para pasar la noche.

Así supo que los “americanos” lo habían expulsado pues tenían muchos migrantes y no podían encargarse de todos. Aunque hicieron excepciones con los cubanos, nicaragüenses y venezolanos en meses anteriores, ahora parecía que solamente estaban aceptando solamente a algunos. Tal y como referían los paisanos residentes en la ciudad, no estaba claro qué estaba pasando: “las cosas están cambiando rápido, no se sabe qué irán a hacer mañana (las autoridades norteamericanas) o qué opciones tenemos aquí (en Ciudad Juárez). Mira, ahora mismo pueden dejarte en Estados Unidos y hacer tus trámites, o mandarte para México, no se sabe, y aquí nadie se hace cargo de ti …”.

La sensación de incertidumbre y peligro por estar solo en un lugar extraño era una experiencia nueva para Manuel. Aunque salió de Cuba sin preocuparse mucho por el camino y sus posibles complicaciones, ahora llegaban a su mente, como un caótico remolino, todos los problemas y peligros a los que se había enfrentado y los que faltaban por vencer para ofrecer un futuro a su gente. Si lograba llegar allá, a Estados Unidos, podría enviar ayuda económica a los que se habían quedado en Cuba y, con el tiempo, reclamar a los que se pudiera: a su hijo, su mujer, sus padres…

Lo que desconocía Manuel era que, desde el inicio de la pandemia de coronavirus, Donald Trump había puesto en marcha una oscura práctica conocida como “Título 42” que permite devolver de forma expedita a las personas que llegan a territorio estadounidense de manera irregular. En virtud de esa política, ya se habían expulsado 1,833,824 personas desde 2020 y sin preguntarles ni siquiera el nombre.

Debido a la falta de acuerdos entre Estados Unidos y Cuba, no se habían podido devolver a los cubanos que llegaban por la frontera, pero ante el incremento de las llegadas de insulares y las crecientes dificultades para lidiar con su número, el presidente Biden acordó con México devolverlos a su territorio en el entendido de que ese país, por tener acuerdos migratorios y buenas relaciones diplomáticas con Cuba, estaría en mejores condiciones para bregar con el problema.

Aunque ni siquiera es consciente de ello, a las tensiones y negociaciones entre el país de origen, tránsito y posible destino le debe Manuel su situación actual. En el complicado ajedrez geopolítico, un joven cubano desconocido que se llama Manuel se ha convertido en otra moneda de cambio, en un “otro” despreciado por estados propios y ajenos que intenta, a pesar de ello o quizá por esa razón, sobrevivir con todas sus fuerzas para llegar “al otro lado”.

Pensativo, mirando desde lejos a las naciones que no lo ven ni les importa, bajo el sol abrazador de Juárez, Manuel piensa sobre cuánto le cobrará el “pollero” para volver a cruzar, por qué zona de la frontera lo llevará y cuán seguro puede estar en un lugar donde hasta los niños trabajan para los “narcos”. Se dice a sí mismo, con voz queda, que no importa, lo volverá a intentar una y otra vez hasta lograrlo, porque su familia lo espera en una pequeña isla dentro del archipiélago mayor, una ínsula que alguna vez fue el territorio de los jóvenes y de la esperanza pero ya no, ahora los sueños están depositados en los que parten… Ensimismado en sus pensamientos, Manuel empieza a caminar sin rumbo fijo hasta encontrarse con guardias fronterizos que le preguntan por su identidad y qué hace ahí. De manera clara y con los ojos fijos en sus interlocutores responde: “Mi nombre es Manuel, soy cubano, y estoy en El Paso del Norte”.

Notas:

1 A inicios de 2020, y en el contexto de la pandemia de coronavirus, el Centro para el Control y Prevención de Enfermedades de Estados Unidos (CDC) emitió una orden de salud pública que otorgaba a dicha instancia la autoridad para determinar si una enfermedad contagiosa en el extranjero representaba un peligro para Estados Unidos. Bajo dicho argumento, se estipuló que todos los migrantes que llegaran a la frontera podían ser devueltos a su país de origen o al último de tránsito de manera expedita y sin darles la oportunidad de solicitar asilo. Esta medida, duramente criticada por atentar contra los derechos humanos de las personas, ha suscitado importantes controversias pero, hasta la actualidad, sigue vigente. Ver al respecto, Catherine E. Shoichet, ¿Qué es el Título 42? Una política fronteriza que permite la deportación rápida y que genera debate”, 26 abril de 2022, CNN en Español.

2 El 25 de enero de 2019 los presidentes de Estados Unidos (Donald Trump) y de México  (Andrés Manuel López Obrador), pusieron en marcha el programa “Quédate en México” o MPP (Protocolos de Protección a Migrantes). En virtud de este acuerdo, los oficiales fronterizos estadounidenses devuelven a México a las personas solicitantes de asilo para esperar por la decisión del juez sobre su caso. Este programa, con sus variaciones, se ha mantenido durante la administración Biden, lo cual sigue obligando a los migrantes a permanecer meses o años en las peligrosas ciudades de la frontera mexicana en condiciones de extrema vulnerabilidad. Ver al respecto Human Right Watch, “Quédate en México. Información y recursos”, 7 de febrero de 2022.

3 Con posterioridad a la llegada de Raúl Castro al gobierno del país, en 2008, comenzó a desarrollarse el llamado proceso de “actualización”, un conjunto de iniciativas económicas y sociales para mejorar el desempeño económico sin renunciar al modelo socialista, tal y como se argumentó en el “Proyecto de Lineamientos de la Política Económica y Social”. En ese contexto, y en el marco del VI Congreso del Partido Comunista de Cuba en 2011, se aprobaron una serie de medidas como la entrega de tierras ociosas en usufructo y se incentivó el cuentapropismo.

Fuente: oncubanews


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