LatamEl incentivo perverso para explotar la migración como “problema”

El incentivo perverso para explotar la migración como “problema”

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Por Daniel Chernilo
El incentivo perverso para explotar la migración como “problema”
Una de las propuestas para enfrentar la situación es la transformación radical del servicio de fronteras, así como de los encargados de la integración de los migrantes. Su objetivo inicial debe ser terminar con las mafias dedicadas al tráfico de personas.
El énfasis punitivo y policial debe ponerse allí, porque la regularización de la migración no comienza persiguiendo a los migrantes sino a los criminales organizados que sacan provecho de ella. Asimismo, el estado debe asumir que no puede hacerse cargo solo de la tarea, sino que tiene la obligación de coordinarse con otros estados y organismos internacionales, a la vez que con las distintas organizaciones de la sociedad civil.

La migración solo puede abordarse como un asunto integral – económico, cultural y humanitario – antes que como un problema regional de las zonas fronterizas o, peor aun, de suma cero entre tolerancia y discriminación.

A propósito de los hechos lamentables que vienen ocurriendo en Iquique, quisiera ofrecer las siguientes reflexiones y propuestas para avanzar en la comprensión y posible solución del tema migratorio.

La primera reflexión es que las migraciones no son un fenómeno reciente ni se van a detener. Hoy sabemos que el homo sapiens, desde que se transformó en el homínido más avanzado hace unos 10.000 años, ha sido siempre un migrante dispuesto a desplazarse por distintos continentes. La historia de intercambios económicos y culturales de la antigüedad, así como la colonización de América, no puede sino describirse como períodos de alta intensidad migratoria. En ambos casos, al migrar las personas, migraron con ellas también enfermedades y alimentos. Migraron mercancías y materias primas; migraron las ideas y las formas de arte, los nuevos conocimientos tanto como los prejuicios.

En el mundo contemporáneo, esas migraciones se han acrecentado, pero la migración es tan antigua como la propia historia de la humanidad. Una política migratoria debe construirse sobre esa base: la permanencia y muy posiblemente el aumento de los flujos de personas.

La segunda reflexión es que los sistemas políticos modernos tienen un incentivo perverso para explotar la migración como “problema”. Puesto que están basados en una imagen irreal sobre la supuesta homogeneidad de la nación, y puesto que la soberanía democrática está construida sobre el principio de una única nacionalidad, el migrante puede construirse fácilmente en aquel elemento externo que “explica” las crisis de la actualidad.

Se hace desaparecer el componente endógeno de los problemas que la población asume como más urgentes – la distribución del ingreso, la corrupción, la inseguridad, las malas políticas de vivienda o previsionales – se recurre al extranjero como chivo expiatorio y se demoniza a quienes protestan como racistas e ignorantes. Al mismo tiempo, dado que los migrantes no votan, el sistema político no tiene incentivo alguno para mejorar sus condiciones de ingreso, registro e integración al país.

La tercera reflexión es que, frente al aumento de la migración global en los últimos 20 años, las ideologías políticas simplemente han recurrido a sus puntos ciegos más irreflexivos. La derecha se ha beneficiado electoralmente enfatizando argumentos xenófobos de toda clase, mientras que la izquierda pretende que el tema simplemente no existe. Se mira al techo, para abajo, o se cierran los ojos: cualquier cosa en vez de tomárselo en serio. El “ping-pong” entre mala fe e ignorancia deliberada ha causado un daño tremendo y tiene parte significativa de la responsabilidad en que la situación se haya deteriorado a este nivel.

En relación con las propuestas, es evidente que no hay una varita mágica para hacer frente a un problema complejo y permanente. Pero un punto de partida es cambiar el registro y abrirse a una “educación desde la migración”. En vez de continuar narrando procesos históricos desde la supuesta existencia atemporal de naciones, haríamos bien en a hacerlo a partir del dato básico de que “todos hemos sido migrantes”.

Las historias nacionales no son otra cosa que la historia de la migración campo ciudad entre los siglos XVIII y XX. Tal y como ahora, se trató entonces de una migración tanto forzada como voluntaria, de una migración en busca de oportunidades económicas o educativas, que escapaba del hambre, las enfermedades o la guerra, para seguir a un amor, una vocación o un ideal social.

Se trató también de migraciones hacia zonas que eran por completo ajenas, lugares donde el lenguaje, la religión y las costumbres muchas veces eran radicalmente otras y donde solo se tenía algún conocido que prometía ayudar. Si bien las distancias recorridas fueron más cortas, la lentitud de las comunicaciones y las dificultades de los desplazamientos hacía que esas migraciones fuesen tan “definitivas” como las migraciones internacionales de la actualidad.

Tanto ayer como hoy, hubo hay migrantes buenos y malos, honestos y deshonestos, exitosos y que fracasan, así como hubo respuestas generosas y racistas, de admiración y de miedo frente al desconocido que acaba de arribar. En todos los grupos humanos hay personas así. Todos tenemos historias así en nuestras familias y desde allí debemos buscar formas de encontrarnos.

La segunda propuesta es la transformación radical del servicio de fronteras, así como de los encargados de la integración de los migrantes. Su objetivo inicial debe ser terminar con las mafias dedicadas al tráfico de personas. El énfasis punitivo y policial debe ponerse allí, porque la regularización de la migración no comienza persiguiendo a los migrantes sino a los criminales organizados que sacan provecho de ella.

Asimismo, el estado debe asumir que no puede hacerse cargo solo de la tarea, sino que tiene la obligación de coordinarse con otros estados y organismos internacionales, a la vez que con las distintas organizaciones de la sociedad civil. La migración solo puede abordarse como un asunto integral – económico, cultural y humanitario – antes que como un problema regional de las zonas fronterizas o, peor aun, de suma cero entre tolerancia y discriminación.

Fuente: El Mostardor.ch


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