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La vida de un migrante: «La gente asume que por venir de África eres pobre»

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ALEJANDRA CEBALLOS LÓPEZ / M. V.

A diferencia de muchos africanos, Paley Diagne emigró a España sin ninguna dificultad. Consiguió visado y trabajo estable desde el principio. Aún así, es testigo de las barreras culturales que enfrentan muchos de sus compatriotas.

 

La historia de Paley Diagne (Thies, Senegal, 1992) es atípica. Llegó a España cuando tenía 20 años, estaba recién graduado en Ingeniería Informática en su país y quería lanzarse a la aventura, cuando vino de vacaciones a visitar a su hermana se quedó.

 «Yo soy la oveja blanca de mi casa. Siempre he sido muy curioso y muy impulsivo a la hora de hacer cosas. Mis hermanos son más metódicos, yo simplemente ejecuto, así que cambiarme de sitio no me supuso ningún problema, además de la adaptación del idioma», recuerda Paley.

«Lo normal hubiera sido irme para un país donde hablaran mi idioma, pero España me gustó cuando vine a ver a mi hermana, entonces decidí quedarme», cuenta. A diferencia de muchas personas que vienen desde Senegal, Paley consiguió un visado que le permitía trabajar, así que se instaló con facilidad en Madrid.

Ni siquiera el idioma fue una barrera. Los requisitos de su primer empleo eran hablar inglés y francés, que manejaba a la perfección. Paley se adaptó fácilmente. Prestaba servicio técnico digital a una empresa francesa con sede en España. Al poco tiempo de llegar, su hermana se fue de Madrid y Paley empezó a vivir con su amigo Orlando, con quien luego emprendería algunos proyectos. «Él ya llevaba 16 años viviendo en España, entonces me ayudó a adaptarme», relata.

A pesar de que su proceso fue sencillo, sabe que es algo excepcional, y que para muchos de sus coterráneos no es así, por ello se puso manos a la obra con Orlando. «Él tenía la idea de ayudar a los inmigrantes que venían sin papeles, y que, por lo tanto, no podían trabajar. Montamos una fundación para que los africanos que hablaban inglés o francés lo perfeccionasen y aprendiesen cómo enseñárselo a los españoles. Estábamos intentando que estas personas pudieran ser profesores particulares. Muchos de ellos, a pesar de tener estudios universitarios, se ven obligados a trabajar en otras cosas por no tener autorización de empleo, así que con nuestra fundación queríamos que pudieran sentirse útiles y tener un poco de autonomía», explica Paley.

Comenzaron compartiendo la información en sus redes sociales y formaron algunos docentes a lo largo de cinco años. «Fue en ese momento cuando de verdad me sentí arraigado en España», dice.

Sin embargo, al cabo de unos años, Orlando se fue del país porque le surgió una oportunidad laboral. La carrera de Paley iba creciendo, cada vez tenía más responsabilidades y se vio obligado a dejar la fundación, aunque espera retomarla en algún momento.

 Estereotipos arcaicos

A pesar de que no tuvo problemas a la hora de empezar a trabajar, aún hay algunas barreras sociales y estereotipos a los que se tuvo que enfrentar. «Lo primero que notas cuando no naces aquí es la actitud. Hay una diferencia en el trato. Yo voy a mi bola y paso de todo, pero sí notas que te miran mal. A veces, al llegar a un lugar, donde no es común que haya gente diferente, sientes que por ser negro te miran como diciendo: ‘¿Qué hace este aquí?’. Al final tienes que esforzarte mucho para que la gente diga: ‘Ahora sí puedes estar acá’», reflexiona Paley, que tiene muy claros sus orígenes.

«La gente asume que por ser de África eres pobre, pero lo que hay que preguntarse es: ‘¿A quién le tengo que demostrar que merezco las cosas y que no soy pobre?, ¿a ellos, o a mí?’. Mi filosofía se centra en seguir avanzando, saber de dónde vengo, todo lo que he luchado para llegar hasta donde estoy y valorar lo que tengo. Ellos que piensen lo que quieran», sentencia consciente de que hay que romper muchos estereotipos.

«Yo tuve una infancia muy feliz, nunca me faltó nada, mi padre tenía un buen trabajo y mi madre —por decisión propia— se dedicó a cuidarnos, teníamos mucha libertad. Sé que tuve una niñez que muchos en España hubiesen deseado tener», apunta Paley.

Insiste en que hay mucho que avanzar en cuanto a la imagen que tienen los españoles de los países menos desarrollados. «Yo no puedo juzgar, porque la gente tiene en el imaginario lo que les han vendido los medios de comunicación. Se imaginan que todos en África vivimos al lado de un safari. Aunque, al menos ahora hay un poco más de consciencia. Ya saben que no todos venimos del mismo país, ni tenemos las mismas creencias», dice.

También menciona los microrracismos y los rechazos implícitos a quienes son diferentes. «Para mí la libertad sería poder practicar mi religión y que la gente no asuma cosas sobre mí porque soy musulmán, o que no les moleste el hecho de que no beba alcohol, que tampoco tiene nada que ver con mi religión. Aquí dicen: ‘Respetamos todo’, pero al final, si todos piensan algo, y tú piensas diferente, se enojan», reflexiona.

 Nuevo estilo de vida

Desde la pandemia, Paley empezó a teletrabajar y las ventajas que ofrece este modelo hacen que sea la envidia de muchos. Volvió a retomar sus intereses sociales y creó otra fundación en Thies, su ciudad natal, en la que apadrinan a 25 niños que no tienen la posibilidad de ir a la escuela.

Además, teletrabajar le permite ir más seguido a su país. «Cuando veo un boleto barato, lo compro y luego me quedo todo el tiempo que necesito. Uno o cuatro meses», relata. También se mudó a Galicia, dejó su residencia en Madrid y se vino a A Coruña. «Había estado en otras ocasiones visitando a un amigo que conozco de Senegal, y me había gustado mucho la ciudad. No lo pensé dos veces para mudarme», explica.

Aquí, además de una ciudad que le gusta, reconectó con las causas que le apasionan. Participa de un pódcast de la asociación Viraventos, Dejar en visto, donde conversa con otros migrantes sobre el proceso de adaptación que ha vivido cada uno.

«Me he dado cuenta de cosas muy fuertes que, como no he vivido, no lograba imaginar. Por ejemplo, unas chicas nos contaron que les hacían bullying en el colegio, hasta el punto de que no querían ir a estudiar por ser las únicas negras de la clase. Otro día un chico nos contó sobre los insultos racistas que recibió cuando tenía que vender en la calle. Hoy ya tiene un contrato en una tienda», narra Paley, recordando las historias que le han contado.

Tiene una postura crítica y firme sobre la migración, sabe que es una realidad que no se va a detener. «Mientras los países desarrollados sigan saqueando recursos de los países más pobres, la gente va a seguir viniendo para conseguir un mejor futuro, y lo mejor que se puede hacer es legalizarlos. Ellos quieren trabajar, pero si no los dejan entrar en el sistema, la única forma que tienen de hacerlo es de manera irregular. La gente cree que los inmigrantes vienen y se llevan las cosas para su país, pero yo creo que es imposible llevarse algo si no has construido nada aquí. Si no trabajáramos aquí, ¿qué nos llevaríamos?», sentencia.

Insiste en que quienes vienen también aportan al país. «Nosotros estamos optando por la posibilidad de tener una vida nueva, pero la gente de aquí también recibe muchas enseñanzas. Hoy puedes salir en la ciudad y cenar comida mexicana, japonesa, libanesa… las migraciones implican una riqueza muy grande que si no se ve ahora, seguro se verá en 20 años», dice.

Paley está feliz en España, aunque asegura que le faltan algunas cosas de su país. «La vida social es diferente y eso se echa de menos, la cercanía con la gente, que lleguen a tu casa sin tener que planearlo…», dice. Sabe que un día retornará. «Yo voy a regresar fijo, tengo proyectos allá y la idea es utilizar mi experiencia de estos años para poner en marcha proyectos allá. Aquí no hay gran cosa que hacer, en cambio en mi país, que es menos desarrollado, todo está por hacer. Puede que sea antes o después, pero mi responsabilidad es volver», concluye.

Fuente: lavozdeasturias.es

 


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