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“Una botella de agua podría haberlas salvado”: el calvario de los migrantes en la frontera entre Túnez y Libia

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Matyla, Crépin y su hija Marie, en Libia. Crepin Mbengue Nyímbilo, Nejma Brahim (Mediapart)


 

 La frontera entre Túnez y Libia se llevó las vidas de su pareja, Matyla Dosso, y su hija Marie, de 6 años, extenuadas y deshidratadas

 Ahora sano y salvo, el camerunés Crépin Mbengue Nyimbilo, apodado “Pato”, relata el infierno que vivió en el desierto, donde cientos de migrantes subsaharianos fueron abandonados en julio

¿Cómo puede seguir viviendo sabiendo que ya no están?

Crépin Mbengue Nyimbilo sólo tiene en la memoria el terrible recuerdo de su foto, difundida aquí y allá por ONGs y algunas voces indignadas por el destino reservado a los refugiados. En la foto se ve a Matyla, también conocida como “Fati”, tumbada boca abajo en la arena, descansando junto a su hija Marie.

El hombre no podía imaginar ni por un segundo que su compañera y su hija perderían la vida de esta manera, engullidas por la frontera. Incluso pensó salvarlas el domingo 16 de julio, pero todo cambió. “Ya no me quedaban fuerzas, apenas respiraba”, dijo con un hilo de voz cuando nos pusimos en contacto con él por teléfono. “Para salvarlas, les dije que se fueran y me dejaran allí“.

Fue la última vez que las vería. Ese día, Crépin, Matyla y Marie fueron abandonados en el desierto entre Túnez y Libiasin comida ni agua, como cientos de otros migrantes subsaharianos desde principios de julio. El refugiado camerunés aún no sabe por qué.

Cuenta a Mediapart cómo la pareja decidió ir a Túnez el 13 de julio, para “garantizar un futuro seguro” y una educación “adecuada” a su hija, tras cinco intentos fallidos de cruzar el Mediterráneo desde Libia. Esperaban instalarse allí, engrosando las filas de los migrantes africanos ya presentes en el país (véase nuestra entrevista con el investigador Camille Cassarini).

Obligados a separarse en el desierto

Pero, sin saberlo, su proyecto se inscribe en un contexto extremadamente represivo para los africanos subsaharianos, en particular los presentes en la localidad de Sfax, donde a principios de julio estallaron tensiones que provocaron la muerte de un tunecino y una verdadera “caza de negros”. Las ONG y los investigadores han documentado una serie de “deportaciones” organizadas por las autoridades tunecinas, que hasta la fecha han afectado a más de mil personas.

Tras ser rechazada una primera vez, la familia consiguió cruzar la frontera entre Libia y Túnez en la noche del viernes 14 al sábado 15 de julio. “Después nos fuimos a pie hasta la ciudad de Ben Gardane” (en la costa del este de Túnez).

Cuando llegaron cerca de una mezquita, donde se encontraron con una lugareña a la que pidieron ayuda, llegó una patrulla de policía y les ordenó subir al vehículo. Matyla, que sufría dolores menstruales, pidió ir al hospital. “En lugar de eso, nos llevaron a la comisaría, cerca del desierto. Golpearon a todos los hombres y se llevaron mi teléfono y nuestro dinero”, relata Crépin.

Pasaron la noche del sábado en el patio, tumbados en el suelo sobre la arena y rodeados de perros guardianes. El domingo por la mañana, la familia vio cómo metían a la fuerza al primer grupo de refugiados en una furgoneta. “Luego nos tocó a nosotros. Fue entonces cuando nos abandonaron en el desierto”.

La familia siguió caminando, abrumada por el cansancio, la sed y el calor excesivo. Crépin se desplomó, demasiado débil para continuar. “Matyla tenía tanta sed que le pidió a la niña que orinara en su boca. Pero Marie no podía, porque estaba completamente deshidratada. Después no bebieron ni una gota de agua durante 24 horas.

“No podía más y no podía obligarlas a quedarse conmigo. Les dije: ‘Si Dios quiere, nos volveremos a ver en Libia'”. Tenían que unirse a un grupo de exiliados también abandonados en el desierto que se veían a lo lejos.

Matyla estuvo hablando por WhatsApp con un antiguo vecino hasta las 5:50 de la mañana del lunes 17 de julio. Después, nada. La posición en la que las encontraron hizo pensar a Crépin que se habían quedado dormidas y que Matyla había fallecido antes que Marie.

Una imagen que le perseguirá toda la vida

“Debían de estar agotadas y tuvieron que tumbarse en la arena”, dice. Marie debió de agarrarse a su madre al ver que ya no reaccionaba”. ¡Tantas hipótesis y suposiciones! ¡Tantas preguntas sin respuesta! ¿Qué ocurrió con sus cuerpos? ¿Fueron enterrados y en qué condiciones? ¿Podrá visitar alguna vez sus tumbas?

Esa famosa foto, publicada por primera vez por una página de noticias de Facebook sobre Libia, refleja su desesperación. Al final, no consiguieron alcanzar al grupo. No llegaron a encontrar el camino de los guardias fronterizos. No encontraron agua.

 “Cuando pienso que una simple botella de agua las podría haber salvado… Al ver la foto, me vi obligado a reconocer que habían muerto. Pero aún no puedo admitirlo. Estoy esperando a que Matyla me llame por teléfono, que venga a buscarme”. Tras perder el conocimiento en el desierto, Crépin dice que se despertó cuando se hizo de noche. Soñó, o alucinó, que había encontrado cinco litros de agua y se los había bebido de un trago.

“No sé por qué ni cómo, pero me dio fuerzas para levantarme”. Este treintañero divisó entonces dos sombras, que también caminaban en la penumbra. Dos sudaneses también deportados que le ofrecieron una botella de agua. Juntos llegaron a Libia, entrando de madrugada, aprovechando la hora de la oración y un momento de falta de atención de los guardias fronterizos. Entonces se toparon con un granjero que aceptó dejarles en Zuara, donde Crépin vivía con Matyla y su hija.

“Fui a nuestra casa, convencido de que allí las encontraría”. Al no tener noticias de ellos, al principio pensó que habían sido detenidos en el desierto y encarcelados. Al cabo de dos días, un amigo de la familia le llamó y le pidió que viniera urgentemente.

“Había visto la foto y creyó reconocer a Marie. Me pidió que me sentara y fuera fuerte para lo que iba a ver. Reconocí enseguida el vestido amarillo de Matyla y a mi pequeña Marie”, dice con voz quebrada. Una imagen que le “perseguirá” toda su vida. El hombre tenía montones de fotos de ellas, perdidas cuando su teléfono fue confiscado por los tunecinos.

Pero cuando buscó en su cuenta de Google, encontró una foto de su mujer con el mismo vestido amarillo. Esta foto permitió a la ONG Refugiados en Libia identificar formalmente a las dos víctimas. Desde entonces, la ONG le ha encontrado un alojamiento “más seguro” en algún lugar de Libia. Crépin afirma que fue amenazado por teléfono tras contar su historia a la prensa la primera vez (véase el artículo de AP News).

Sueños rotos

Conoció a Matyla por primera vez cuando llegó a Libia en 2016, cuando su ruta migratoria le llevó allí “un poco por casualidad”. “Dejé Buea, en Camerún, cuando la región estaba en manos de los secesionistas y querían que me uniera a ellos. Mataron a mi hermana mayor porque me negué.”

Crépin, Matyla y Marie, en Zauïa, Libia.

Crépin llega a un campamento, cerca de Trípoli, donde se esconden los emigrantes a la espera de cruzar el Mediterráneo. En medio de una mayoría de angloparlantes, descubre a Matyla, con la que establece un estrecho vínculo. Ella procede de Costa de Marfil, país del que huyó y donde tuvo una “vida complicada”. “Pasamos allí unas semanas y concebimos a Marie.”

Tras su intento fallido de cruzar, ambos fueron encarcelados, uno en Beni Walid, el otro en Sabratah. Crépin la encontró en Facebook y descubrió que estaba embarazada. Ella siguió con el embarazo y estaban “felices” de formar una familia. Matyla dio a luz en marzo de 2017. Para ser más aceptada en Libia, adoptó un nombre de pila que suena árabe, “Fátima”, o “Fati”.

En el Magreb, la vida de los negros no cuenta.

Crépin Mbengue Nyimbilo

Su sueño es abrir un restaurante que llamaría L’Abidjanaise, pero mientras tanto se gana la vida limpiando las casas de los libios. Crépin también trabaja como pintor y, cuando se presenta la ocasión, en la construcción. Marie creció sin escolarizar. “Nunca conseguimos cruzar. Elegimos ir a Túnez, pensando que sería mejor que aquí”.

Pero en el Magreb, resume, “la vida de los negros no cuenta”. Ojalá su historia pudiera “arrojar algo de luz sobre esa realidad”. Matyla, de 30 años, y Marie, de 6, murieron “en vano“, cree. “Gratuitamente”. Afirma haber muerto en su interior: “Mi cuerpo sigue aquí, pero mi espíritu se ha ido”.

Anteayer, una mujer le llamó para decirle que Matyla y Marie habían sido enterradas por las fuerzas de seguridad libias en Aljmail, a las afueras de Zuara. “Un comandante volvió a ponerse en contacto conmigo para preguntarme si quería visitarlas. Iba a ofrecerme una fecha, pero no he vuelto a saber nada más de él.” Sólo espera que descansen en paz “en algún lugar”.

Fuente: infolibre.es


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