América NortePerder bebés en el camino: ‘Fue como morirme, sola’

Perder bebés en el camino: ‘Fue como morirme, sola’

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Valentina de 28 años observa a través de la tela que cubre su carpa en el campamento improvisado de migrantes en matamoros a un lado del río bravo y cerca del puerto fronterizo. Fotografía: Alicia Fernández / la verdad


Mujeres migrantes que abortan en silencio en baños públicos, embarazadas que suplican para no perder a sus bebés por la desnutrición que sufren luego de días de caminar y dormir en las calles, que huyen de sus lugares donde han sido violentadas, te compartimos la primera historia de la serie El invisible martirio de las mujeres migrantes

POR ALICIA FERNÁNDEZ / LA VERDAD*

Valentina migró desde su natal Venezuela. Tiene 28 años y está embarazada. Es su tercer embarazo en su travesía por México rumbo a Estados Unidos, pero en los dos primeros perdió a sus bebés, fueron abortos espontáneos.

“Fue como para morirme en el baño yo sola”, cuenta desde el interior de una carpa de un campamento improvisado cerca de un puerto fronterizo en Matamoros, Tamaulipas, en donde comparte espacio con alrededor de mil 500 migrantes, la mayoría de ellos hombres.

Su trayecto por casi una docena de países –Colombia, Chile, Argentina, Bolivia, Perú, Ecuador, Panamá, Costa Rica, Nicaragua, Honduras y Guatemala– ocurrió sin contratiempos, incluso su paso por la selva del Darién: “gracias a Dios no me violaron, no me tocaron”.

Valentina –su nombre real fue cambiado por seguridad– dice que lo más difícil ha sido cruzar México, porque luego de llegar desde Guatemala, por el río Suchiate, fue ‘levantada’ junto con un grupo de personas en movilidad a quienes conoció en el camino.

“Nos subieron a una troca donde estaban montando una persecución con la policía y estaban echando plomo y estábamos todos metidos en la troca y era un susto increíble”, contó.

La mujer sufrió al menos tres secuestros en su travesía por México antes de reunirse con su pareja en Coatzacoalcos, Veracruz; después ya juntos han sido privados de la libertad al menos un par de veces más, en una de esas ocasiones ella estaba embarazada y perdió a su bebé.

“Ya lo estaba buscando (el embarazo), voy para cinco años con mi esposo, me quité el aparato y salí en estado dos veces y las dos veces lo perdí por el susto de la levantada del cartel de La Maña”, cuenta Valentina, sobre su decisión de retirarse el Dispositivo Intrauterino de Cobre, método anticonceptivo, que se colocó luego de su tener a su primer hijo, quien se quedó con su abuelo en su país.

Valentina llegó a Ciudad Juárez, cruzó la frontera, pero las autoridades de Estados Unidos la retornaron a México, donde fue retenida por agentes del Instituto Nacional de Migración y trasladada al sur, a Villahermosa, Tabasco, para ser liberada. Ahí hizo contacto con su pareja, que fue trasladado a Veracruz, donde se encuentran y vuelven al norte del país, a Tamaulipas, para intentar de nuevo pasar al territorio estadounidense.

Aunque ahora su trayecto es más complicado porque siente su cuerpo distinto, apenas logró una consulta médica con Médicos Sin Frontera y se pagó un ultrasonido. Como la mayoría de las personas migrantes que transitan por México rumbo a Estados Unidos, Valentina carece de servicios médicos.

No es fácil migrar y quedar embarazada en un país que no es el tuyo, tampoco es fácil si ocurre durante el camino, y peor cuando pierden al bebé, coinciden organizaciones que atienden y acompañan a las mujeres migrantes en gestación.

En los últimos tres años transcurridos, 589 mujeres extranjeras abortaron en México, de acuerdo con datos del Instituto Nacional de Estadística y Geografía (INEGI). Este número puede ser mayor, sin embargo muchas de muertes fetales de las migrantes no quedan registradas porque ocurren de manera clandestina.

Los embarazos interrumpidos registrados durante los años 2020, 2021 y el 2022 son equivalentes a más de la mitad de los nacimientos de madres extranjeras, que durante ese mismos años sumaron mil 112, revelan los datos del INEGI.

En la frontera sur, Ani Arenas, una partera independiente se traslada desde Veracruz hasta Tapachula, Chiapas, para atender a mujeres embarazadas en puntos críticos de migrantes, como es el retén de Migración Viva México, en donde las personas migrantes son obligadas a esperar su permiso para avanzar por territorio mexicano.

Hasta ese lugar llega una mujer migrante en busca de ayuda porque una de sus compañeras de viaje está abortando en una casa: “Nos comentó que estaba embarazada, llegamos aquí y empezó con dolores del vientre… Ya se fue a una casa que le han prestado ahí, le está bajando mucho líquido, no sé si perdió el bebé”, comenta Olga Manques, de Ecuador, a la partera.

Ani lleva pruebas de embarazo, condones y les ofrece consulta a mujeres embarazadas, su trabajo es atender a esta población que tiene pocas posibilidades de acceso a atención médica y prevenir abortos, sin embargo, muchos casos quedan fuera de sus posibilidades de acción.

 

En Tamaulipas, una integrante de la colectiva Matamoros Decide, quien pidió omitir su nombre por seguridad ya que ha sido amenazada y señalada como ‘mata bebés’ por ofrecer acompañamiento a mujeres que deseen interrumpir un embarazo, narra lo que ella llama una “historia de terror”.

Una adolescente de 16 años mexicana que emigró desde Guerrero les solicitó acompañamiento para interrumpir su embarazo en un albergue, su médico familiar le había proporcionado misoprostol desde su lugar de origen y ella había expresado al director del albergue su deseo de abortar.

“Si tu puedes enumerar cuántas violencias puede sufrir una menor, ella tenía todas las vulnerabilidades y, de verdad, la violentaron sobre otra violencia, sobre otra, sobre otra, la enfermera del lugar termina sacando el producto del inodoro dándoselo a ella en brazos”, comentó la activista quien es profesional del sector salud.

El acompañamiento fue a distancia y el cálculo de la menor embarazada y de la integrante de la colectiva era que sería un producto de nueve semanas; sin embargo, al expulsarlo se dieron cuenta que al menos contaba con 19 semanas de gestación por lo que los tratos del personal del albergue hacia la joven se tornaron violentos.

Baños en el campamento de migrantes improvisado en MatamorosFotografía: Alicia Fernández / La Verdad

 

***

El director de ese centro de refugio incomunicó a la adolescente, le quitó su celular, no dejó que su esposo vaya con ella en una minivan donde la suben a fuerzas. La llevan en contra de su voluntad al Hospital General a realizarle un legrado porque según menciona la acompañante, en palabras del director del refugio tenían que ‘limpiarle ahí’.

A las 5 de la mañana la sacan del hospital con el producto en brazos y ella cuando recupera la comunicación llama a la acompañante de la organización y le pregunta: ¿qué hago con esto?

Posteriormente, cuenta la mujer, perdió contacto con la joven por lo que sus intenciones de llevar el caso a un nivel jurídico ya no avanzaron.

Una situación que le preocupa es que al menos la mitad de los acompañamientos que han realizado a mujeres en situación de movilidad son resultado de una agresión sexual.

“Es importante que sepan que hay métodos con pastillas que son seguros, que pueden acudir a ellos”, comparte.

Las condiciones de hacinamiento en lugares como los campamentos implican un reto mayor ya que estos métodos necesitan al menos nueve horas de protocolo con diarrea activa, lo cual se dificulta en un campamento carente o con pocos baños.

“Eso se vuelve un problema todo, o sea, básicamente como otro tipo de vulnerabilidades a los que no nos habíamos enfrentado como acompañantes”, expresa.

Ropa de migrantes en un campamento a las orillas del Río Bravo en Reynosa. Fotografía: Alicia Fernández / La Verdad

 

Gran parte de estos abortos de mujeres migrantes suceden en el camino, entre violencias, de forma espontánea, sin que se registren, y bajo condiciones de desnutrición, complicaciones por enfermedades como la diabetes, hipertensión, infecciones respiratorias, vaginales, esto último por la falta de acceso a baños o lugares de higiene, comenta Aracely Pineda, de la organización Pro Salud que opera en Tijuana.

Tal es el caso Valentina, quien cuanta que uno de sus dos abortos ocurrió dos días después de que fuera liberada por traficantes de un secuestro: “Ya me sentía mal, yo iba al baño, ya no era el periodo (menstrual), y me voy a hacer al baño y siento que se me salió algo. Y fue como para morirme en el baño, yo sola. Mi esposo estaba trabajando y bueno, qué más, me tocó tomarle la foto y darle a la palanca”.

Fuente: laverdadjuarez


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