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Mujer, migrante, mayor y africana: “Parece que ya no existimos, pero estamos y somos muchas”

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Un grupo de mujeres mayores migrantes africanas se reúnen en Casa Bibi, un centro de la Asociación Karibu, en Madrid, el pasado abril.OLMO CALVO


 

Un pequeño proyecto en Madrid intenta arropar a estas mujeres, especialmente afectadas por la soledad, la falta de políticas públicas y los estereotipos sociales

PAULA HERRERA

Son las 10 y media de la mañana y una quincena de mujeres se reúne en las instalaciones de Casa Bibi de Madrid. Son de Camerún, Nigeria, Malí, Gabón, Costa de Marfil y Guinea Ecuatorial, entre otros. Todas migraron para reunirse con sus familias o para pedir refugio ante el desamparo estatal en sus países. “Nos enfrentamos a la soledad, al aislamiento social y económico, al desamparo institucional. Por eso parece que no existimos, pero estamos y somos muchas”, explica Alphonsine Kitumua Bangizila, congoleña de 63 años, que es psicóloga y voluntaria de este proyecto impulsado por la Asociación Karibu y destinado a dar apoyo y acompañamiento a migrantes mayores africanas.

El ambiente se llena de alegría porque esa mañana, como todos los jueves, tienen clase de yoga. “Queremos romper con el estigma de que ser una persona mayor es sinónimo de no servir para nada. Venimos a acompañarnos, a aprender español, a hacer yoga, pero también a compartir lo que sabemos”, dice Mónica Olufunlayo (Nigeria, 64 años), que desde que sus hijos y nietos crecieron prefiere salir y reunirse con sus amigas en vez de quedarse encerrada en casa.

A mediados de 2020, Naciones Unidas estimaba que unos 34 millones de personas en el mundo eran migrantes mayores. De esta cifra global, cerca de 26.000 extranjeros de más de 55 años residen en España, un número que, según Kitumua, sigue aumentando, aunque no existen datos oficiales recientes.

“Venir aquí me da alegría. Cuando mi nieta se va a clases o con sus amigas, me quedo sola en casa y me lleno de tristeza. Es como si no pudiera salir de esos pensamientos”, dice Antonina, de 70 años y oriunda de Guinea Ecuatorial, que prefiere no compartir su apellido. Para esta mujer, “los años solo son números”. Ahora, su proyecto principal es sacar adelante a su nieta y a su hijo con discapacidad. Antonina ha vivido y trabajado en España 23 años, pero en los documentos oficiales solo han quedado registrados cinco. “No he podido cotizar lo suficiente para tener una vida digna, porque a pesar de trabajar como interna no tenía papeles, así que no recibí la Seguridad Social”, lamenta. “Después de tantos años, no puedo descansar porque debo seguir luchando para solventar mis necesidades y apoyar a mi familia”, lamenta.

Ser una mujer mayor migrante, subraya Kitumua, implica sufrir una doble discriminación. Primero por ser migrantes y tener que adaptarse al idioma y a la cultura y hacer frente a las trabas administrativas y al racismo —como todos los recién llegados, independientemente de su edad y sexo—. Y segundo, por ser mujeres mayores y ver cómo la salud se deteriora y las puertas del mercado laboral se cierran.

Agustine Tchouadjuen junto con el resto de participantes en una jornada de lectura de cuentos africanos, en Casa Bibi, en Madrid, el pasado abril.
Agustine Tchouadjuen junto con el resto de participantes en una jornada de lectura de cuentos africanos, en Casa Bibi, en Madrid, el pasado abril.OLMO CALVO

“Los encierran en residencias”

Para Oumo T. (Malí, 64 años) atrás quedaron los años en los que compartía la vida con su hijo en Sikasso, su ciudad de origen, ubicada al sur del país. La inestabilidad económica agravada desde 2012, la inseguridad y la falta de atención médica la obligaron a salir de allí hace cuatro años. En Madrid la recibió una pareja del mismo pueblo, que la ayudó a buscar asistencia médica y una traductora. “Me sentía bien porque estaba acompañada, pero al poco tiempo murió el hombre y mi paisana se regresó al país. Me quedé sola, sin tener la agilidad para comunicarme en español, porque antes solo hablaba bámbara [un idioma utilizado por cerca de 10 millones de personas en Malí]”, explica. Ahora, Oumo reside en una casa de acogida de la Asociación Karibu. “Aunque convivo con otras mujeres, cada una hace su vida, algunas trabajan, otras hablan un idioma diferente al mío. Aquí no tengo familia, ni permiso de trabajo y a veces me siento muy aislada”, lamenta.

Nos dimos cuenta de los grandes desafíos y situaciones de vulnerabilidad que atraviesan las mujeres, mayores, migrantes y africanas en España

Belén Espiniella, antropóloga y coordinadora de Casa Bibi

En el centro, la psicóloga y voluntaria Luntadila Kitumua en el taller de lectura de cuentos africanos en Casa Bibi (Madrid) en abril.
En el centro, la psicóloga y voluntaria Luntadila Kitumua en el taller de lectura de cuentos africanos en Casa Bibi (Madrid) en abril.OLMO CALVO

Pero el espíritu inquieto de Oumo se impone. Es voluntaria en varios proyectos de sensibilización en contra de la mutilación genital femenina y también colabora en una campaña de prevención de la soledad en residencias de ancianos en España. “He visto a muchas personas mayores que se quedan muy solas, pese a tener hijos y nietos. Los encierran en residencias. En África es distinto, los mayores siempre estamos rodeados de nuestra familia y la comunidad nunca nos abandona, porque nuestra opinión es importante”, afirma. Oumo dice que su anhelo es aprender a hablar muy bien español “para conocer a más gente” y ser más independiente a la hora de desplazarse por la ciudad.

Lucrecia (Guinea-Bisáu, 67 años), que prefiere no compartir su apellido, cuenta los días desde que llegó a España. “En octubre cumplo un año. El día 12″, recalca. “Mi familia se preocupa por mí, por cómo estoy viviendo. Yo les digo que estoy bien, que tengo comida y un lugar para dormir. Los extraño mucho, pero no se lo digo porque no quiero que se preocupen”, asegura mientras un espeso llanto le recorre el rostro. Montero se refiere a los tres hijos y cinco nietos que dejó en Bisáu, su ciudad natal. “Aquí estoy sola, desde que la mujer de mi sobrino me expulsó de su casa. Él me trajo a Madrid para ayudarme a encontrar un tratamiento a mi problema del hígado, pero en menos de dos meses me dejaron en la calle”, recuerda, mientras se levanta la blusa y enseña dos grandes cicatrices que le atraviesan el estómago en forma de cruz. Se dio cuenta de que estaba sola en un país desconocido, con un idioma y una cultura diferentes y, lo que es peor, “sin la misma energía” de cuando era joven.

Lucrecia Montero, de 67 años, posa frente a los pareos pintados al estilo africano por el grupo de mujeres de casa Bibi, de Asociación Karibu, el pasado abril.
Lucrecia Montero, de 67 años, posa frente a los pareos pintados al estilo africano por el grupo de mujeres de casa Bibi, de Asociación Karibu, el pasado abril.OLMO CALVO

Montero también vive en la casa de acogida de Asociación Karibu. Ella y Oumo fueron una especie de detonante que hizo nacer Casa Bibi, que en suajili significa abuela. “Nos dimos cuenta de los grandes desafíos y situaciones de vulnerabilidad que atraviesan las mujeres, mayores, migrantes y africanas en España. Es lamentable, porque estos calificativos, en realidad, deberían sinónimo de fortaleza y sabiduría, pero en una sociedad que no las contempla dentro del sistema, corren en riesgo de ser excluidas”, desgrana Belén Espiniella, antropóloga y coordinadora del proyecto.

La pérdida de la posición social y familiar que tenían en su país de origen, la desprotección y la falta de dominio del idioma pueden ser un cóctel que dispare una inestabilidad emocional en estas mujeres. “Se ven sin su red de apoyo, sin documentos ni estabilidad económica. No es que sientan soledad porque sí, es porque sus realidades son convulsas. La única manera para impedir que esto escale es brindar a las personas la oportunidad de regularizar su situación legal desde su llegada, garantizando su derecho a migrar, así como el acceso a servicios que aseguren su bienestar y dignidad”, concluye.

Fuente: elpais


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